viernes, 27 de noviembre de 2015

Prisionero de conciencia


Vestido de blanco caminé las calles de nafta.
No era un ángel; ¡no era un ejército de ángeles!
Era un hombre; ¡no era un ejército de hombres!




A la memoria vienen los años
de camisas de cuadros
y aquellos magnos anteojos 
que daban proporciones;
de lo que serían mis sueños terrenales.
 

 

En el desperdicio y hastío de los días
logré ver la auténtica cara de los amigos,
pues, siempre la careta contra las lacrimógenas,
empañaban la visión del corazón…




Fui acorralado en una emboscada de truhanes
hablaron con las palabras de la ignominia
hicieron la fiesta de Sodoma y Gomorra
invitaron al Diablo que ofrecía la añagaza sonrisa.


 
 
Y allí:
Entre contradicciones y hechos inexactos,
celebraron el inejecutable fallo.



Ahora entre cuatro paredes llevo a mi familia
enclavada con su inocente sonrisa de foto… que,
forja en este recinto una llanura de esperanza.




Vi a mi padre domar el llanto con la dignidad,
y a mi madre en una lágrima hecha bondad.






 
En un discurso que acurruca al miedo,
enfrente sin preeminencia a mis acusadores que,
hacen antónimo de democrático a inocente.




A mi lado; la mano de mi sagrado amor.
Delante de mí; la multitud con ojos de libertad y,





¡gerifaltes a la distancia!; 
los que acortarían mi aire…
Pero detrás de mis hombros; 
“Martí” libertario.




No habrá noches que compensen 
la distancia con mis hijos,
ni bandera que abrigue 
los cuerpos de los mártires.
No habrá venganza… ¡pero si justicia!






Leopoldo López fue sentenciado a
 13 años 9 meses 7 días y 12 horas de prisión por pensar distinto.


Todas las imágenes usadas en esta entrada fueron tomadas de la web


martes, 17 de noviembre de 2015

Apólogo

Cuántos huidos, cuántos se marcharon del Parque…
¡llegó el Lobo!, y no sabíamos qué imaginar.
Habíamos sido tan felices sobre esas ramas verdemar
que jamás nos preocupamos por aprender a volar.
¡Cuántos se han ido!, la vista pierde el conteo
miro al cielo para rogar que regresen y,
los truenos me escuchan y las alturas se nublan.
No disipo la esperanza para contarlos cuando entren
por estas inmensas tranqueras del  Parque…
No puedo creer cuántos se han andado.
Subo a una de las ramas y me encuentro;
con sal de lágrimas…
Escalo hacia otra de las ramas y me encuentro;
con su centro roto…
Sigo a las alturas y reconozco el encuentro;
con la sangre de los míos…
Acelerado salto alto hasta una rama grande y gruesa
donde encuentro grabado los nombres de los desaparecidos.
Llego a la cúspide triste y encuentro en el horizonte; 
que el éxodo camina sin esperanza
y en la afluencia de aquél desaliento encuentro
un semblante conocido… ¡y ése!… soy yo.

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