domingo, 13 de enero de 2013

Perspectiva de La joven madre

La joven madre. 1889
Arturo Michelena

     Mi emancipación es un inútil armatoste de crianza, nací en una tierra donde la cotidianidad forja al varón en una inagotable hombría hostil. Aunque yo si conocí a un caballero talentoso de cuna y con aura de humano, ese lúcido hombre me inmortalizó, pero como la mayoría de los que andan en dos patas por este continente, una madrugada abandonó el taller, y ya tengo unos cuantas fechas colgando de estos esperanzadores clavos que aguardan su regreso.
     Sobre el piso lustroso se sienten esas pisadas todo el día de aquí para allá, envueltas en un barullo del murmullo que me dejan agotada al final de la tarde. Por las noches  al cerrar el recinto aprovecho para descansar del eco que produce tanta gente rondándome y, mi niño entre mis brazos a esta hora ya se encuentra menos ansioso. Desde aquí, al frente de mi terraza, tengo el panorama del “Atardecer a orillas del río Manzanares”… hermoso y… en una pincelada, noto al amigo Ferdinand, noctámbulo en aquellos bordes; algo triste, rodeado por esos desnudos negros en un lúgubre ambiente de la miseria de la caridad.
     Hoy muy temprano salió el Sol y como una hembra de estas tierras de providencial belleza, debo verme impecablemente preciosa y lucir esta maternidad lo más armoniosa posible. Noto al público como observa mi íntima desnudez a través del marco y hacen gala de una penetrante o somera mirada dependiendo el caso: “Hombre” o “mujer”.
     Algunos de esos sujetos con sus anteojos puestos en la punta de la nariz, realizan análisis en voz alta con matices novelescos con aires de intelectuales y hasta poéticos…; sobre el color de mi vestido, mi sensual mirada, el rededor de mi bebe en tensa angustia y hasta se atreven en andar mi más profunda psiquis…, no logra escapar a la disertación el perro imaginario que tengo amarrado en la entrada de la puerta de la casa. El pobre canino se tapa con las patas delanteras la vista para no observar esas inquisidoras y aburridas caras, pero en cambio yo, tengo que mirarlos de reojo con mi perspectiva tridimensional. ¡Eso si!, nadie se atreve a tocarme, pues de inmediato es sacado de la sala por un par de uniformados y robustos hombres que me prestan la seguridad durante veinticuatro horas diarias.
     Echo un vistazo entre los alucinantes óleos, y a cada recoveco de las impolutas paredes para tratar de pillar por algún lugar a Arturo… que es culpable de mi prisión pero nada que aparece y siempre un ocioso comentario nombrándolo en pasado como si ya la tierra lo hubiese arponeado con gusanos, ¡pero no lo creo!, pues pasamos incontables amanecidas en conversas mientras mi niño dormía. Dicen que está en París de juerga con Cristóbal; dándose la gran vida de bohemio… mientras yo aquí colgando de estos clavos con su muchacho en una maternidad conflictiva…

Imagen  tomada de la web.

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