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lunes, 13 de febrero de 2023

Insuflando Aliento

 

          Esa sedosa pañoleta de ir a misa, el sobrio vestido negro, el Cristo colgando en el pecho, el reloj en su muñeca, punteando las suspendidas doce, y los refulgentes zapatos de tacón… le surten la prestancia que ameritan los tiempos.

          Apoltronado en el deshilachado sofá, naufrago con la vista en el techo en el que un verdoso moho trabaja sin cesar. Tomo la humeante taza de tilo puesta en la mesita a mi derecha, le doy un sorbo y mientras relamo los bordes… la miro inmóvil, pero cautivada frente a mí. ¡De repente!, ondas vienen y van. No puedo renunciar a sentir ese coraje en la memoria, en la que facturo los largos momentos que me prohibiste vivir.

          Desde el propio inicio de mi escuela, ¡se gestaba!, ladrillo a ladrillo y sin yo comprenderlo, una prisión eterna. Antes de eso era feliz con mis compañeros de grado, hasta que unos meses después de mi contento diario, resolviste retirarme del colegio y proporcionarme tú misma mis convenientes clases particulares, y me excluiste del mundo y de la realidad. Comencé a alimentarme de la ficción. Yo existía en un entorno fantasmal: sin amigos, ¡ni rostros!, sin vecinos, ¡ni saludos!, sin otro descendiente, ¡ni otra familia!, que no fueses tú.

          Una noche, entre los resplandores de una tormenta, desvelado, me levanté de la cama y observé que al terminar de sonar los campanillazos, apresurada, le dabas vuelta a las manecillas del anticuado y gigantesco reloj ubicado en un rincón de la sala… No le presté demasiada atención y, en un medroso sigilo, me fui a dormir. Transcurrieron unos días y me volcó la intriga de aquella escena.

          Semanas después, abrigado en la curiosidad, volví a la misma hora a vigilarte y, luego del repiqueteo de las doce campanadas, en un ritual repetías la puntual maniobra frente al reloj y así regresaba cada medianoche a espiarte.

          Aquella noche, luego de que abandonaste la sala, vencí el miedo de ser sorprendido y me aproximé al tic tac para constatar, como siempre, que habías retrocedido las agujas. Entonces, como un juego infantil, las adelanté una vez más a su hora original y así lo estuve haciendo por días… para notar muy extrañado que de tu cabeza florecían canas. A las semanas me sorprendí de que mis botines no me calzaran. A los meses tu lozano rostro reflejaba cansancio entre pronunciadas arrugas que no conocía… y lánguidamente te fuiste durmiendo.

          ¡Ton! Ignoraba el secreto de tu promesa ¡Ton! Bueno, amada madre ¡Ton! Me acabaré mi bebida ¡Ton! y al terminar de sonar ¡Ton! los doce campaneos ¡Ton! iré a retrasar el reloj ¡Ton! y te pondré tu dosis de… ¡Ton, ton, ton…!

Número Especial 2021

miércoles, 24 de febrero de 2021

Bajo las farolas

 

   Echo un vistazo al inmenso reloj que tengo detrás y el cuello me suena ¡crack!; me atraganto con la punta de las agujas, pues ellas, de pausa en pausa, se acercan a las ocho de la noche y apuro el último bocado porque en la cena mi padre capitanea sus críticas contra mí. En ocasiones tiene razón: ¡Que si los coloridos cintillos que uso en la cabeza!, ¡que si uso los pantalones muy ajustados!, ¡la franela muy corta!, ¡los tacones muy altos!, ¡que deje de comerme las uñas! Y por último en su cierre magistral: ¡qué es una verdadera grosería mi maquillaje de hoy!

   Al fin termino la comida y me limpio la boca con la servilleta, como lo manda el protocolo, pido permiso para retirarme y lo hago despacio para no exhibir la ansiedad, pero al salir del comedor pego una veloz carrera hasta el ventanal de la sala. Abro las verdes y carcomidas ventanas de madera y me asomo al hueco de luz, para sentarme, muy coqueta en la cornisa frente a la calle.

   Intento obviar todas esas censuras e incomprensión de mi viejo y permito que entre el fresco viento por las ranuras de mi escote. En la angustia, comienzo a mordisquearme las uñas y súbitamente retumba el sonido mágico de mis días: ¡Tin-tin-tin-tin-tin-tin-tin-tin!, y aparece Andrés doblando por la esquina acompañado de las farolas; con pasos firmes se aproxima para pasar delante de mi fachada y cuando me dispongo a hablarle… se me traba la lengua y enmudezco, entonces el guapo de Andrés, sigue de largo sin advertir siquiera mi presencia.

   Suspiro y al menos me alegra el alma el haberlo visto como todos los días…; seguramente mañana sí tendré el valor de conversarle y sin anunciar su presencia mi comprensivo padre aparece para llamarme: «¡Anda a dormir, Javier!, que mañana hay que madrugar».


martes, 15 de diciembre de 2020

La Corona del 2020


     Entre una fiebre y una tos que desgarra mi garganta, paso las horas. En pantalones cortos, medias y cholas me encontraba sentado en el suelo, pues sillas vacías ya no quedaban en el exterior de este lugar donde, no obstante mi pesadumbre, los árboles eran más verdes y los pájaros trinaban con más fuerza que nunca.

     A través de un megáfono nos informan que allá adentro ya está copado y no sale ni entra nadie de aquel recinto…; lo que hago es darle vueltas a la cabeza y preguntarme cómo nos pasó esto, en qué momento llegué yo hasta aquí si hace un mes vivía feliz con mi madre, soñaba con una novia, tenía buenos vecinos y la universidad comenzaba a brillar para el futuro. 

     Respiro cortico…; tengo un llorar acumulado como si la lotería de la sequedad me la hubiera ganado yo y es que este dolor de cabeza no se me quita desde hace días… Recuerdo a mi mamá cuando me hizo el último desayuno y yo le bromeaba al acercarme a la mesa y le decía que era la anfitriona más hermosa que había conocido, y ella me amenazaba con que si me ponía groserito ya no me consentiría más. 

     Yo seguía con mi vida normal por las calles, en cambio mi madre redobló previsiones y ya tenía más que una cuarentena resguardada. Yo no había tomado las precauciones del caso; mi juventud no admitía películas reales en mi vida.

     Veo a mi mamá que entra toda angustiada al apartamento y comienza a quitarse su exagerado equipo de guerra. Entra en crisis, pues había ido a casa del vecino a dejarle en la puerta algo de comer porque tristemente había perdido a su esposa e hija hace unos días, y ahora él no se sentía muy bien de salud. Llegué a pensar como algo normal que tal vez ese viejito se moriría de desconsuelo. Abracé a mi mamá y ella se puso a llorar en mi hombro y, gimoteando, me dijo que el señor Eleazar le entregó sus sueños a Dios: había muerto esta mañana y se lo llevaron en un solo secreto. Intenté consolarla, pero fue inútil y corrió a desahogarse a su cuarto.

     Inhalo fuerte para llenar los pulmones de aire como si alguien me tapara la nariz con una tela adhesiva… De pronto, me desperté y estaba sentado, solo, en una silla de ruedas y con una manta encima, y no tengo la menor idea de cómo llegué allí, pues hace unas horas estaba sentado en el suelo; debe ser que me desmayé y me ubicaron en el fondo del patio del hospital.

     Mi tos se apresura a salir de mi boca y mis estrujados pulmones piden oxígeno a la vida. No sé qué hacer en este padecimiento pues, a pesar de ver mucha gente, todos mantenemos la inmensa distancia, ya no existen los abrazos y los besos acalorados de mi gente. 

     Esa tos seca no se me va y cada vez respiro más rápido. Espero por una cama o algo de oxígeno pero, como yo, hay miles en la misma situación… Ya no hay manos aunque quieran, ya no hay tiempo para llorar, pues la tos y la falta de oxígeno les ganan la carrera a las lágrimas. Para los positivos del virus solo existe la suerte de morir. El fatalismo llegó para todos. 

     Mi madre fue la que me trajo hace unos días al hospital y no quiso abandonarme a mi suerte; de una manera vertiginosa, enfermó y tuvieron que llevársela. En ese momento sentí un terror espantoso de perderla y, como un niño, me amarré a su cintura. Antes de irse me miró con todo su amor y, en un abrazo sin fuerzas, me dijo que le entregara mi angustia y mis miedos a Dios, y que ella rezaría por mí… Entre lágrimas, me echó la bendición y la vi alejarse. Ayer en la noche un doctor me informó que murió, y me apenó mucho saber que sus últimos minutos fueron de dolor y soledad… 

     Al igual que yo, me he quedado solo…; estoy asustado…, cada vez que toso me duelen insoportablemente el pecho, los ojos, los brazos, los pies, los dedos de las manos, y siento tanto miedo de morir solo…, pero nadie se me acerca porque soy un virus viviente.

Gracias por permitirme estar entre sus páginas.


Las imágenes usadas en esta entrada fueron tomadas de El Diario El Nacional

jueves, 3 de septiembre de 2020

Barba


Mientras riñe con su estreñimiento en el inodoro, hojea el periódico y presta gran atención a uno de los titulares que es recurrente durante el año: «Misteriosas desapariciones ocurridas en la ciudad…».

Marcos ha pasado la tarde del domingo en una vagancia total; se despertó a las nueve de la mañana, pero dio vueltas en la cama hasta pasada las once. Se comió un sándwich como almuerzo y el resto de la tarde lo ha transitado recreándose con los programas de la tele…

Acostado en el esponjoso sofá de la sala, con un vaso de agua en la mano, atiende el resonar de la voz triste de un animal que se queja como un crío que demanda ayuda, no es la primera vez que lo escucha, tenía unas semanas desaparecida esa lamentación. Marcos sospecha que se trata de un infortunado perro, que su dueño seguramente lo abandona a diario.

Viendo un partido de fútbol, percibe la incesante cantinela del animal, hace mutis, y de un salto se aproxima a la ventana y en un respingo de héroe decide ir a rescatar al desdichado.

Marcos cruzó la calle y se introdujo en el edificio del frente a sabiendas de que de allí provienen los gritos de soledad. Comienza a remontar las escaleras y nada que lo encuentra… de pronto, aquella voz doliente se hace más cercana en el piso seis y continúa subiendo. Sudando la gota, alcanza el piso 9 y se agarra del barandal para tomar aire… Atiende el aullido informando su ubicación, levanta la cabeza y nota entreabierta la puerta del 9-A. Cauteloso, se aproxima y exclama desde la entrada: «¡¿Hay alguien en casa?!».

Ya dentro del semioscuro apartamento, hace el recorrido: Va a la cocina, a uno de los baños, a una de las habitaciones y no consigue el objetivo… Parte rumbo al último cuarto y descubre que está bajo llave. El aullido inicia y Marcos desespera, y con el hombro toma un mínimo impulso 1, 2, 3, ¡plaf!... y nada que se abre la puerta.

El aullido es más agudo y resuelve otra vez tomar impulso 1, 2, 3, ¡plaf!... y abrió la puerta… Se sorprende, pues el animal está en medio de la oscuridad amarrado a unas cadenas que suenan a prisión y el hedor es insoportablemente azufrado. El cuadrúpedo aúlla en un llanto que conduce a Marcos y satisface ver cómo lo libera…

Un hombre alto, vestido de negro, en un caminar pausado entra al apartamento 9-A, y con una enorme confianza, anuncia su llegada: «¿¡Cómo está mi bebé!?, que está en silencio».

Avanza por la casa, lleva a la cocina los víveres que compró y luego va hasta el cuarto que se encontraba bajo llave y arqueando el entrecejo expresa: «¡Señor, siempre hay un buen samaritano!». Desde el umbral de la puerta dice: «Con razón estás tan callado, Barba… ¡Alguien se condolió de tu hambre!».


miércoles, 29 de abril de 2020

Megapíxeles


   Con una congestión de gametos acelerados en una autopista a mil por hora, desconsolado regresé de la fiesta antes de la medianoche y, como un sigiloso lobo, entro a mi habitación y gruñendo me echo en la cama…, siento los retorcijones de un salvaje animal en celo. Para intentar liberar la tensión de mi aturdido cerebro, con mi mano preferida sobo con suavidad y determinación mis partes impúdicas, rememoro el instante en que bailaba en el retumbar de coloridas pantallas de plasma, ¡bum-bum-bum!, acompañado de ese lindo paraíso de carne que me cautivó. ¡Uyyy, nada de nada!, me fui en blanco, ¡qué mala onda!, solo me dejó la ropa oliendo a cigarro, a queso de pizza, a perfume infantil, a sudor de puticas y con un abusivo dolor entre las piernas. 

   Qué ganas le tenía a esa Leticia, ¡pero bueno!, fue un momento engañoso, me ha mandado cachondo para mi dulce hogar; lo que me queda es enclaustrarme en el baño de mi cuarto. ¡Oh!, ¡oh!... bueno, se me olvidaba la alternativa tecnológica: «¡Usa los recursos a tu disposición!», siempre me dice la profesora de computación. Golpeo el power y… y… y… ¡esa vaina si está lenta!, ¿será que media ciudad se está pajeando?

    En ese intervalo de espera, que me parece infinito, hago lo posible por aplacar mis necesidades; ¡el ejército quiere salir a la fuerza!, ¡esos cabezones no se pelean por regenerarse!, se empeñan en huir, ser libres, me empujan y corren aturdidos…, solo escapar de esa ebullición es su más ferviente aspiración. Les ruego una oportunidad para compensar este desastre de haberlos invitado a la gran parranda y salir con las tablas en la cabeza. Ellos insisten en emerger por su cuenta, pero les advierto que morirán millares sin llegar a disfrutar del placer de la vida y me responden los muy ingratos:
—¡No nos importa un carajo!, estar aquí encerrados es una pesadilla.

  Definitivamente esta rebelión de miles es una guerra psicológica. Sofoco el cuerpo con mis pensamientos, tengo el flujo de testosterona al cien por ciento; trago saliva, me suda la frente, me pican las manos, me tiemblan las piernas, estoy a punto de un colapso, un coma pajillero y… y… ¡arranca ya coño!...  

   Ruuuiiiiruuu, ruiii, ruiii… ruiiiruuu, chu, chu, churuiiiooo…: «Al fin». Clac-clac-clac… entre sudores fríos aparecen en directo esas bronceadas curvas en high definition; las yemas de mis falanges rebotan fantaseándola ¡para mí solito! «¡Eres un egoísta!», acota ella en la distancia, pero es que posee una hechura muy hermosa: La imagino con sabor a mango, a sol caribe, a olor tropical. Clac-clac-clac… «¡No sean curiosos!», lo que le manifiesto es confidencial, exclusivamente entre ella y yo. Ese castaño cabello lo enrosco delicadamente en la punta de mis dedos, esos encarnados labios son dos espadas fileteando los míos, ¡esos ojos traviesos!, preñados de fuego, me invitan a lujuriar… A través del ojo visor, desciende… la pícara, enseña sus cocos henchidos de proteínica leche y mi incendiado mástil, junto a sus inflamadas boyas, se aprisiona contra el metálico cierre.

   Clac-clac-clac… ¡no traten de pescar lo que le escribo! No se los den de Anonymous; ya se los dije, es algo muy íntimo entre este par. El visor recorre sus firmes y dorados muslos repletos de diminutos vellos. «Mira lo que te tengo», me dice la descarada; se gira y me enseña los dos hemisferios sebosos…, su pomposo rulé de voluptuosa definición, me comería su escondido y pestilente hedor como todo un placer gastronómico. El mástil, en plena tormenta, está a punto de partirse en pedazos desde el tallo hasta el frenillo al no encontrar una salida de emergencia. Clac-clac-clac… El visor se mueve violentamente y se sitúa en sus perfectos y blancos dientes para mostrarme en la ironía de quien posee el control de la situación.

   Clac-clac-clac... Palmo a palmo el visor pasea sus prominentes caderas y llega al ombligo para detenerse y dejarme extasiado. De una manera vulgar, lubrifico con saliva las palmas de las manos, abro la cremallera, le consiento escapar al mástil que tiene las violáceas venas hinchadas como un globo y por fin logra respirar de tal ahogo. Ella desliza el visor perezosamente y muestra el más preciado tesoro de Venus envuelto en una esponjosa lana negra y, al descubrirlo, se puede distinguir jugosita, rosadita, bonita, cerradita y delicada.

   Imagino su hinchado clítoris temblar como una gelatina rosada, mientras la devoro con gozo, la torturo con los dientes y los hilos de saliva diseñan estalactitas de cavernas en esa región pubiana.  ¡Ya no resisto más!; de una manera placentera mi muñeca sacude el mástil de arriba a abajo en un torbellino de sensaciones, ¡explotó por dentro!, termino rindiéndome como todas las noches y expulso un placer espasmódico en un claro gemido: “libertad”. Exhausto, sudado, adormilado, hambriento, clac-clac-clac…, me despido de ella a través de la inalámbrica conectividad y me desconecto…



Seleccionado en la Convocatoria de la Revista Literaria Anuket 2020.
Literatura Erótica. Tomo 3. 

Las imágenes usadas en esta entrada fueron tomadas de la Revista Anuket Tomo 3


sábado, 11 de junio de 2016

«La petición…»

           En una esquina, sentado sobre un balde, me encontraba contemplando esas cuatro paredes malolientes, añejas a imágenes de muerte, a llantos de camaradas, a confesiones inconfesables…, a venganzas y a perdones… Allí, entre ese carcomido recinto, me hallaba para despedir a un buen amigo que se marchaba. Su causa la conocían todos: ella se aferraba a la inocencia, pero eso no bastaba a los carentes de libertad.
Quedaban pocos minutos para refugiarse en los amigos, en los compañeros de causa… En mi introspección me sorprendió deshojando ideas Juan Carlos Álvarez Aballí:
—¡Néstor!, yo no creo que hice mal en aconsejar a mi cuñado para que no viniera hasta aquí…, para que no se entregara, pues a él no lo van a perdonar; en cambio yo… ¡no la debo! —Me levanté y le expresé con el amor de un hermano:
—¡Es verdad! Tú eres inocente, Juan Carlos; no tienes nada que temer.
Se encontraba sereno, confiado en su libertad. Me entregó una cuchara, una frazada, un jarro y una toalla, y con la frente en alto me dijo:
—¡Toma, Néstor!, ya no voy a necesitar esto… Dáselo al próximo que llegue, seguramente le hará falta.
—¡Cómo no, mi hermano!
Y en ese instante por los altavoces mencionaron su número de causa y año para que se presentara a la puerta de la mazmorra. Nos dimos un abrazo de despedida y él, muy tranquilo y seguro de salir ileso de ese trance, se marchó a encarar su destino: «La petición… fiscal a pena de muerte».

Juan Carlos Álvarez Aballí fue fusilado el 20 de enero de 1961.

Ficción Histórica
Nota: No poseo imágenes de Juan Carlos Álvarez Aballí, si usted tiene alguna, agradecería su colaboración.

lunes, 21 de marzo de 2016

El Foso de los Laureles


Foso de los Laureles
        Entre movimientos de litera, a la conversa le invitamos toda la noche, y en la lucidez de Bienvenido se oculta un rato la angustia y surge la aflicción para decir:
—¿Sabes?, Hiram, salí de mi casa y no le di un beso a mi esposa…, no abracé a mi hija y solo le dejé un beso sobre la fría almohada…
—¡Tranquilo compañero!, ellas saben lo mucho que las amas y pronto estarás de vuelta con ellas… La vida no te va a desamparar. —Le contestó.
—¿Qué será de mi familia, Hiram?...
       Él ya tiene la petición fiscal que le dieron ayer como para torturarle toda la noche. Yo estoy convencido de que él saldrá ileso de esta, pues no lo han cogido con nada incriminatorio; por lo tanto, es inocente de lo que se le acusa.
       Intento prestarle ánimo para cobijarlo con la esperanza que yo mismo tengo y así pasamos las horas en la oscuridad con cuentos y tragos amargos de la realidad que nos abarca.
      Ya se oye el alboroto anunciando que es de mañana. Me siento en la litera y observo a Bienvenido vestido para la cita…: se rasura la barba procurando sacarla toda de su rostro y pregunto:
—¡Oye, Bienvenido Infante, ¿por qué te afeitas tanto?! —Su respuesta me deja tatuado un recuerdo en el pecho.
—¡Porque quiero morir bonito!...
       Ya había venido el carrito para transportarlo y como pude me pegué a los condenados barrotes para poder advertirlo despedirse a la distancia…, y partió.
       Al rato supe que no nos veríamos más, pues escuché retumbar las descargas…, allá…, en el Foso de los Laureles.
 
 Cuba, 7 de marzo de 1961.
Son ejecutados por un pelotón de fusilamiento:
 Bienvenido Infante Suárez y Radamés Amador.

Ficción Histórica
Las imágenes usadas en esta entrada fueron tomadas de la web.

domingo, 13 de enero de 2013

Perspectiva de La joven madre

La joven madre. 1889
Arturo Michelena

     Mi emancipación es un inútil armatoste de crianza, nací en una tierra donde la cotidianidad forja al varón en una inagotable hombría hostil. Aunque yo si conocí a un caballero talentoso de cuna y con aura de humano, ese lúcido hombre me inmortalizó, pero como la mayoría de los que andan en dos patas por este continente, una madrugada abandonó el taller, y ya tengo unos cuantas fechas colgando de estos esperanzadores clavos que aguardan su regreso.
     Sobre el piso lustroso se sienten esas pisadas todo el día de aquí para allá, envueltas en un barullo del murmullo que me dejan agotada al final de la tarde. Por las noches  al cerrar el recinto aprovecho para descansar del eco que produce tanta gente rondándome y, mi niño entre mis brazos a esta hora ya se encuentra menos ansioso. Desde aquí, al frente de mi terraza, tengo el panorama del “Atardecer a orillas del río Manzanares”… hermoso y… en una pincelada, noto al amigo Ferdinand, noctámbulo en aquellos bordes; algo triste, rodeado por esos desnudos negros en un lúgubre ambiente de la miseria de la caridad.
     Hoy muy temprano salió el Sol y como una hembra de estas tierras de providencial belleza, debo verme impecablemente preciosa y lucir esta maternidad lo más armoniosa posible. Noto al público como observa mi íntima desnudez a través del marco y hacen gala de una penetrante o somera mirada dependiendo el caso: “Hombre” o “mujer”.
     Algunos de esos sujetos con sus anteojos puestos en la punta de la nariz, realizan análisis en voz alta con matices novelescos con aires de intelectuales y hasta poéticos…; sobre el color de mi vestido, mi sensual mirada, el rededor de mi bebe en tensa angustia y hasta se atreven en andar mi más profunda psiquis…, no logra escapar a la disertación el perro imaginario que tengo amarrado en la entrada de la puerta de la casa. El pobre canino se tapa con las patas delanteras la vista para no observar esas inquisidoras y aburridas caras, pero en cambio yo, tengo que mirarlos de reojo con mi perspectiva tridimensional. ¡Eso si!, nadie se atreve a tocarme, pues de inmediato es sacado de la sala por un par de uniformados y robustos hombres que me prestan la seguridad durante veinticuatro horas diarias.
     Echo un vistazo entre los alucinantes óleos, y a cada recoveco de las impolutas paredes para tratar de pillar por algún lugar a Arturo… que es culpable de mi prisión pero nada que aparece y siempre un ocioso comentario nombrándolo en pasado como si ya la tierra lo hubiese arponeado con gusanos, ¡pero no lo creo!, pues pasamos incontables amanecidas en conversas mientras mi niño dormía. Dicen que está en París de juerga con Cristóbal; dándose la gran vida de bohemio… mientras yo aquí colgando de estos clavos con su muchacho en una maternidad conflictiva…


Imagen  tomada de la web.

martes, 31 de julio de 2012

Materia de alquiler

   Sus extremidades la acompañan por inercia. En un conflicto humano se arrastran desoladas por el convulsionado boulevard de Sabana Grande. Un tanto desaliñada, y con el largo cabello cundido de salinas lágrimas de ayer, profesa a los cuatro vientos que azufre y fuego la devastan dulcemente por dentro como si viviese los últimos instantes de una ardida Sodoma. En su mediana existencia ha procurado ser fuerte como un alcornoque y está segura de que aguantará el terremoto hasta evidenciar, por sí misma, que cualquier esperanza está aniquilada. Llega al restaurante donde el encuentro la espera; ordena de inmediato un negro café y un insípido vaso de agua.
   Mientras se maquilla para tratar de ocultar un alma casi vencida, su remota naturaleza mental gestiona vueltas y ese andamiaje abstracto es vapuleado como bolos azotados por una pesada esfera de boliche. Sentada, con las piernas cruzadas, suspira, transpira y, de tanto temblar como una poseída, la mesa se estremece con una de sus huesudas rodillas. Se aproxima el camarero y, con curiosidad, le pregunta: "Señora, ¿se encuentra usted bien?". Ella asienta con la cabeza y pasa su lápiz labial como un rojo asfalto por sus cuarteados labios, mientras el mesero coloca lo ordenado y se retira sin más.
   Ya presentada como una reina, emprende a beber el ya frío café que, adormece más el huérfano palacete de su atribulado adentro. Más calmada, presta suma atención, que la concurrencia a su rededor no le parezca tan fachosa y de malos propósitos. Entonces, en lo oculto del bolso ojea los malévolos verdes y con dedos ágiles efectúa el recuento en su interior para confirmar que la cifra es la mitad de lo correcto. Saca un cigarrillo y lo enciende; arremolina el humo en su entorno y se acerca el mesero para anunciarle que en ese sitio está prohibido fumar.    
   Apenas arribó ayer en la mañana al Aeropuerto Internacional de Maiquetía… y el cerrado cielo ya le pronosticaba uno de los más infames días de su vida. ¡Al fin!, horas después de haber pisado tierras venezolanas, conoció a la lozana Rebeca y no en las mejores circunstancias que hubiese soñado, ya que su prima mayor, Regina, relegando lo humano, fue tajante y de dura convicción ¡…! En la corta espera ha invitado a tres cafés para que consuman el tiempo por ella. A la distancia nota que se avecina una pareja sexagenaria; se levanta para recibirlos con una nerviosa sonrisa que, suspiraría por estar ausente:
—¡Buenos días, primos!
   Les va a estampar un beso y la emperifollada Regina, de inmediato, la esquiva para reiterar:
—Ten claro algo Romina, ¡que no vinimos hasta aquí!, para recordar viejos tiempos. ¿Sabes muy bien a que…?
—Los entiendo, ¡¿pero quién me comprende a mí?! Me hubiese complacido que estuviese Rebeca…
   Acorde con su elegante traje, Félix la corta de manera amable:
—Entendemos que fue un extenuado viaje, ¡que vienes de muy lejos!, pero desde el principio tú aceptaste las condiciones del negocio, y con respecto a…
Interrumpe Regina anunciándole con brío:
—¡Te puedo jurar que no la verás más!; resuelve con nosotros este desagradable asunto, ¡y punto!
   La prima menor introduce la mano en el bolso y masculla cautivando la oscilación:
—¡Aquí tengo el dinero!, bueno…, la mitad..., ¡pero luego… les pagaré completo!
   El refinado hombre desea entrar en los cauces de la claridad:
—Ya la situación no trata de algo económico. Es que desde hace unas horas acabas de perturbar nuestras vidas, la de todos…
—¡Hablemos claro, prima!
—¡Es así!, —asegura con énfasis Romina—, ¡somos la misma sangre…!
—¡Lo somos!, —subraya Regina—, ¡pero hasta ahí!, ese es el límite…
   Romina principia a sudar frío como si el alma se le escapara de un revoltoso cajón del cuerpo; saborea el poquito de agua que resta en el vaso y sonríe con los bordes temblorosos que han manchado de púrpura el cilíndrico vidrio y, en lo sumiso, emite:
—Yo únicamente deseo estar cerca, ¡no les molestaré…!
—Y nosotros solo queremos que te vuelvas a la Argentina y nos olvides; ¡eres joven aún!, puedes casarte, tener tus hijos, tu casa y establecer un hogar de nuevo…
   Con los humores retenidos, la prima, un tanto alterada, saca el dinero y lo coloca en la mesa para comenzar a contarlo…, cuenta, cuenta y cuenta en voz alta sin parar. En ese minuto, Félix la ase delicadamente por las manos, coge el papel moneda, se lo mete de nuevo en la cartera y le expresa:
—¡Entiéndelo, prima!, esto no se trata de una compensación económica…
—¡Y, de paso! —En la evocación apunta Regina—, eso no fue lo que pagamos en aquel tiempo…
—¡Sí, sí, lo sé! Estoy consciente de eso, pero son diez mil dólares… ¡La otra mitad la conseguiré y prometo dárselas!
   Regina, ya con la piel roja de carne hirviendo, absorbe aire, y le advierte como si la vida fuese objeto de una cláusula: 
—Te denunciaremos a la policía si te acercas a nosotros o a nuestra casa. Hicimos un pacto de nunca más hablar de aquello, ni mencionarlo siquiera, ¡y lo cumpliremos!…, cueste lo que cueste.
—Deseo estar muerta antes de volverme sola al sur; no pueden someterme a esto, yo cometí un error y lo he pagado todos estos años en el callado exilio de la Patagonia…
   Regina se pone de pie y en un gesto le solicita a Félix que haga lo mismo; él se topa con sentimientos encontrados, pero con arresto se levanta. Y la prima, de súbito, les cuenta lo que sabe:
—Rebeca me informó ayer que piensan irse definitivamente a Canadá…
   Con un pequeño golpe sobre la mesa, Regina, enfurecida, retorna a su silla y le da un ultimátum:
—¡Lo sabes todo! Pues sí, nos largamos de Caracas… Y si continúas acosándonos, ¡soy capaz hasta de matarte!…
   Félix toma asiento y, en la sensatez, le ruega a las dos que se calmen. Regina lo mira expulsando coraje y le señala:
—¡Ahora!, ¿de qué bando eres?... ¡¿Avísame si no fue solo semen lo que le entregaste?! 
—¡Por favor, Regina!..., ¡no se trata de un trofeo!, no se trata de qué lado sé esté. —
Sutilmente la coge de la mano—. Hablamos de una vida humana que ni siquiera está presente ¡y, de paso!, envuelve con una sábana las nuestras…
—¡También es la mía…!
—¡¿Ahora?! ¿Por qué?, cuando en ese tiempo te pusimos en la palma de la mano los veinte mil dólares estabas muy sonriente…
—Vendí mi cuerpo, lo sé…, era una codiciosa mezclando la inmadurez. Tú sabes que solo tenía veinte años… y ustedes, en la razón, se aprovecharon de eso…
—¡Por favor, prima!, ahora eres inocente del pecado…
   Guardan silencio por unos minutos y Regina intenta manejar la situación:
—Vamos a hacer un trato, ¡llévate los diez mil dólares!, para que sigas tu vida y hablamos en un futuro de esto, ¿te parece…?
—¡Pues no!, anhelo estar a su lado. Todos estos años han sido un suplicio para mí, he vivido coleccionando lamentos…
—¡No nos pongamos viscerales!, porque los hechos hablan por sí solos… No le has suministrado nada en todos estos años…
—¡¿Eso… crees?!, pues le proveí lo más importante: ¡la vida!…
—¡Qué ligereza! ¡¿Llamas vida a la transacción que costó veinte mil dólares!?
—Pues ese óvulo era parte de mí y abrigo la necesidad de estar cerca, y ¡ustedes no me lo pueden negar…! —Apela a la sensibilidad del caballero presente—. Tú eres diferente, Félix, eres su verdadero padre, ¡y yo su legítima madre…!
   Félix recurre al bloqueo mental para no ser atacado por la angustia que se debate entre el raciocinio y el egoísmo.
—Tienes razón; yo no soy la madre biológica de Rebeca, pero soy la que tomó en alquiler tu vientre… Ayer nos estropeaste parte de la felicidad que tuvimos durante quince años, pero con tu confesión a Rebeca…, nos libraste de ese compromiso. ¡Eso se le pasará!, pues nosotros somos sus verdaderos padres y eso es lo que cuenta…
   La irritada Regina se pone de pie y Félix hace lo propio detrás de ella; la prima menor revienta en llanto en un estrés de secuelas emocionales y rodea con los brazos a su consanguínea, pero ésta, convertida en un glacial, no le corresponde al apretón:
—¡Por favor!, déjenme estar cerca de ella, ¡solo eso!… Les doy mi palabra de no quitárselas…
—Seguramente es tu misma palabra de hace quince años. —En lo mordaz acentúa Regina—, es muy tarde para reflexiones, ¡vamos Félix…!
   Romina, descorazonada y sin arreglo previo, extravía la noción del tiempo y el espacio, se le estruja como una sanguijuela a Regina y, con la ayuda de Félix, ésta se la quita de encima. La prima menor toma su bolso y como una desquiciada le empieza a contar el dinero mientras los persigue. Félix, presuroso, detiene un taxi y se suben en él como pueden, y se alejan de la zona. En tanto, la que se queda, entre alaridos de desespero, cae al suelo y contempla cómo se desvanece el vehículo que transporta para siempre, su arrendada alma de madre…


martes, 22 de mayo de 2012

La cena


   Se ampara en el camuflaje que presta una noche de luna nueva, sigiloso…, envanecido a pulmón lleno, entra a la granja pasando obstáculos con añadida destreza. Consigue, entre el fosco ramaje, llegar cerca del granero y husmea lo que puede. Untado en la confianza del descuido, prueba el tóxico alimento que el granjero había regado temprano en el lugar y, al rebasar el tejadillo, involuntariamente comienza a restregarse violentamente contra el verde césped y en esa oscuridad detrás de la verja del granero; cuatro ojos impacientes prestan atención a esas convulsiones; ¡cómo se revuelca ese cuerpo sobre el suelo!… su alma mansamente pierde el vuelo para perecer en la tierra. Los dos especímenes escondidos saborean lo que podría ser un banquete de varios días y el compinche de tonalidades llamativas observa aquel felpudo rabo puntiagudo ya inmóvil y, con su garra, le requiere al otro: “Anda tú y chequea que ya esté frío”. El minino de color negro, disiente asustado con la cabeza “que el no irá”. Entonces, el de las coquetas coberteras se aproxima en un revoloteo y aterriza sobre el inerte moteado de dos metros de longitud, y emprende a picotear esa tibia y lustrosa masa manchada de rosetas. Con su inocente canto nocturno, llama a su compañero al festín: “¡Acércate a la cena…, gato cobarde!”.




miércoles, 26 de octubre de 2011

El reloj

Milisegundos, milisegundos, milisegundos… Envuelve con un pañito el dispositivo que está ceñido a su delicada muñeca. Por nada afloja el control para superar la tendencia a querer gobernar casi todo; no admite que las cosas no son como espera que sean, definitivamente no acepta la situación. Lamentablemente, con esa actitud, se revuelve en una especie de círculo vicioso casi improbable de romper y se deja arrastrar por los hábitos… Terminantemente no desea cambiar el discurso de su vida.
Segundos, segundos, segundos… Los pliegues de su holgada bata tiemblan debido a la brisa nocturna que entra por las rendijas de la ventana y sus desnudos pies padecen el frío trasnochador. Seda sus tímpanos al escuchar la música de moda, imagina girar el dial de un lado a otro y no puede negar la alta fidelidad que repercute en la señal de audio transmitida por las emisoras FM. ¡Sí!, es la potencia del ¡bum-pum-bum-pum…! del momento, al que sus molestos sentidos no digieren. Se levanta del tapizado mueble asediada por lo que nunca comparece y, atropellada por la conjunción de las horas, menea con sutileza la cabeza no por las composiciones que emite el trepidante aparato, sino intenta inútilmente anestesiar su vuelo por encima del rutinario pantano... Se dirige al equipo de sonido y lo apaga, y queda todo bañado con los grillos de la noche. Observa encima de una mesita una revista de Feng shui que leía temprano y fija su visual en la portada a la cual le hace un gesto de no-importancia para continuar su transitar rumbo a la cocina; se detiene en el umbral de la entrada y respira hondo para terminar de acceder en ella. Toma una pulida olla, la colma de H2O, la monta en la cocina y la somete al dinamismo del fuego.
Minutos, minutos, minutos… Recoge de nuevo un suspiro, pero esta vez es más intenso y prolongado que el que dio unos minutos atrás; presagia que va a ser atacada por nubarrones de ansiedad y ensaya guerrear con frases afirmativas en lo más íntimo de su juicio. Sus curvadas uñas le rascan el cuello y el tabique nasal sopla aire húmedo entre sus dos manos… Hala una silla del pantry y se sienta para aplacar la incertidumbre. En una silente tregua, aguarda frente a la hornilla que las burbujas le indiquen que el agua ha hervido. Se levanta de la silla y va hasta la nevera, la abre, sirve en un vaso agua bien fría, y retrocede al sitio de donde se había parado y adopta posición para beberse el insípido líquido, pero por un sin razón, lo deja soñando en la mesa. Su rostro está ajado por los años donde las fracciones de espera se han arremolinado en los surcos de su piel sin que la ínfima esperanza merme su voluntad de espíritu, pues siempre tendrá que esperar hasta el final de la noche o de la mañana, si fuese necesario. De pronto, nota como el H2O bulle como un niño desordenado; entonces, se encumbra de nuevo, abre una gaveta de la despensa y saca una cajita que contiene varias bolsitas de manzanilla: agarra una, como que se arrepiente y toma otra y las deposita en ese líquido inodoro.
Horas, horas, horas… Decide ir a la sala a buscar una revista para ahuyentar la angustia que ya está como un indolente cuervo sobre ella. Asió la publicación que ojeaba temprano y vuelve a la cocina. Se apoltrona en la silla para levantarse segundos después; se sirve una taza de manzanilla y la coloca en la mesa a que se entibie un poco. Sentada de nuevo divisa el vaso intacto con agua..., y se recrea al ingerir la desaborida e incolora sustancia. Con la incipiente luz del amanecer, sorbe el último trago de la odorífera infusión, oye el sigiloso ruido de la puerta de la sala, y sus venas y arterías se aceleran: llegó el provocador huésped de su vigilia, ¡siente que dividieron la puerta!, ingresaron y la cerraron nuevamente. Pasa rauda una larga sombra como un fantasma frente a la abertura de la cocina y a ella se le eriza la carne…, ¡pero de la emoción! En esa distensión del ambiente la oscura sombra se devuelve para lubricarle la retina; es un juvenil delgado y alto, llega hasta la entrada de la cocina cargando un morral negro al costado repleto de lampiños secretos, invoca la formal bendición divina, y le gratifica extraviado en el tiempo y el espacio con las sonoras: “Buenas noches”. Ella, con su corazón afectuoso y solidario, lo absuelve de cualquier reproche para resultar de nuevo a solas.
Desenrolla el pañito de su muñeca dejando a la intemperie su reloj. Comienza a percibir el panorama con un rostro más amable, se palpa las facciones y, en lo burlesco, se percata que necesita un corrector de ojeras. Se arrima hasta la persiana de la cocina y, entre sus rendijas, se embriaga con las primitivas luces del alba siendo testigo de las venturas y desventuras de una engañosa ciudad calmosa. La odiosa encargada de la angustia, “¡la espera!”, ha sido eterna como siempre y no se termina de acostumbrar a ella, pero ya está más serena; brinda un último suspiro a la durmiente madrugada que ya ha triunfado de nuevo sobre la noche y pasa la página…, ¡por ahora!


martes, 27 de septiembre de 2011

Ella y él

          Me bajo del taxi una cuadra antes de llegar al lugar de la cita para poder tomar fuerzas debido a la emoción que significa verla de nuevo y saber que no la he perdido. La caminata por esa calle se me torna infinita, ¡apresuro y freno!, apresuro y freno los pies... No sé si es la ansiedad, la felicidad o el caballero elegante que camina delante de mí con su larga gabardina gris, su bastón de empuñadura dorada y la pipa ocre que lleva encendida. La humareda que ella desprende me sirve de guía y no me molesta en lo absoluto, ese aroma de tabaco es mi preferido. El caballero se ha volteado para echarme la vista encima porque soy el único que pasea detrás de él; intuyo su incomodidad, ¡tanto es!, que apresura su andar para dejarme a la zaga y el trazado sendero de humo se aleja, ¡pero no le doy el gusto! Redoblo el paso para seguir de cerca las huellas de esa emanación que me hace sentir vivo y entrego un lamento febril..., pues estoy a tres metros del bar donde tengo la ansiada cita, y renuncio a mi perseguido con su cachimba y el humo.
Entro al establecimiento y busco a la persona con quien está mi chica bella. Me siento en la barra y un compañero de trabajo me saluda de forma cordial, me entrega el paquete que contiene una cajita de madera, saco el receptáculo del envoltorio y, por unos segundos, contemplo extasiado tal tesoro, la abro y pongo su contenido en la palma de mi mano. No me canso de apreciar su boquilla, su tubo, su cazoleta y esa figura encantadora. Mientras le coloco picadura en la cazoleta, dispongo encenderla y aspirar su orgásmico humo para así festejar la emoción de no haberla extraviado. ¡Cuánto se desperdicia de su aroma!, su niebla está expuesta a la caprichosa ventilación del pálido recinto. Es un placer sentir las buenas vibraciones al saborear un exquisito tabaco… efecto profundo y casi solemne. Me relamo con los vastos sentidos del cuerpo: la vista, el tacto, el gusto, hasta escucho el zumbar de esa emanación… Se entrega sin condiciones para su fumada, la degustaré hasta que se extinga en mis manos. Una vez cumplida su misión, mi amigo muy sonriente se despide diciéndome: “¡eres un empedernido!”.

domingo, 10 de julio de 2011

Las piedras que suena el río

       Permanece atrás rezagada avistando como los seis hombres con una acompasada destreza cargan encima de los  hombros el pesado bulto. Sofía encola el aguado sentimiento en ese barnizado cajón que le empobrece el suspiro. Cruzan el río por una ruta estrecha que es protegido desde la orilla por un batallón de álamos negros. De repente, nota la rauda sombra de su hijo doblar adelante en una curva pronunciada que describe el recorrido del camino; sospecha que es una alucinación del viento, siente que es el frío clima que la incita a desvariar. Luego de vencer sus espejismos…, continúa fija en ese ejército de hombres que no desafinan en su andar y se mimetizan en oscuras marionetas de madera.
       Ella no exhibe su compungido rostro, lo abriga en un afligido velo y, parsimoniosa y desapercibida, recorre como una ofuscación la terrosa travesía junto a la sucesión de personas que caminan de modo solemne y ordenada. Sofía entra en el inequívoco paréntesis de su devenir, sofocada por imperecederas emociones en la que señorea la súbita melancolía y lo peor es que no le es permitido consumir esa tristeza con nadie. Los residentes del pueblo de Finis la aprecian y la quieren por siempre a esa carita que busca ser prófuga de cualquier mirada; atiborrada de pecas, con esos lentes de maestra, le preñan de inocencia y sencillez ¡pero nunca ha sido una mujer apocada!, ya que posee una formidable personalidad. Usualmente, Sofía domina el escenario de forma natural; cada vez que pronuncia palabra, la mayoría la escucha no importando el momento.
         El recuerdo..., al recuerdo se le puede engañar con una falsa impresión, se le puede ahuyentar por un rato del caserío de la mente, se puede hacerlo a un lado por un espacio muy breve, pero su eviterna presencia residirá allí, no importa el tiempo ni el espacio en que te encuentres…, aunque deambule por doquier como fantasma que languidece con nuestra propia sombra. Tantos años de alegría que la vida le otorgó, que desde unos días para acá no ha sabido cómo revertir lo marchito que ha aparecido sobre su piel, pues está segura de retornar y reconocer la locura, no importándole el precio a pagar. Ahora la memoria golpetea constantemente como torrentes de olas sobres las piedras que suena el río. Definitivamente no se pueden falsear las componendas de la existencia; su pueblo, Finis, desde que se marchitó no es el mismo para ella, pues su ilustración ha cambiado para siempre.
       Sofía deambula por el medio del hosco sendero y, sin avisar al ambiente, principia a verter el desconsuelo como si los folios de su mustio libro se desprendieran insumisos. Sin percatarse de que se aparta de Finis, remonta la colina más alta de las afueras del pueblo y llega hasta la ermita. Los hombres, con sumo cuidado, sitúan la urna en la impasible fosa y Sofía, en una exhalación, presta atención a su demacrado hijo recostado a un menguado y agrietado álamo, que sobre un pañuelo desboca tempestades de llanto.
       Lentamente cubren de tierra el hoyo, mientras los concurrentes, al pasar, le arrojan una manoseada flor y se van retirando del lugar. Sofía experimenta una sensación de que conoce esta fecha y que en el presente se repite lo que había borrado de su calendario lunas atrás. Comprende que ¡jamás lo hizo!; indestructiblemente estuvo mintiendo en el olvido como un escritor que desanda entre tantas historias saturninas. Mientras en un sudario de presencias palpa suavemente la capilla, pormenoriza la distancia con sus desorientados ojos y reverencia muy en lo hondo a la brisa que adula la puesta del sol. Sofía, a la distancia, clava sus cuencas en la desolación de su hijo y despierta la retentiva para vociferar al mundo: “¡Jamás en la eternidad lograré olvidarte..., hijo mío!”, entretanto manosea la inscripción en la lápida: “Te queremos, Sofía. El pueblo de Finis”.




lunes, 20 de junio de 2011

El regreso de Marie Anne

Las desvencijadas suelas de sus zapatos denuncian el golpeteo deslizado por sus rígidas venas, engendrado por las incontables estaciones, ellos besan con pesadez la desmenuzable tierra indomable. Alberto, sin extraviar una sola fecha del calendario, envuelto en mil destellos con los primeros rayos pasea junto a las golondrinas por el famoso parque “Las cuatro estaciones”. Su giboso cuerpo anida extenuado de hospedarse en el ayer, pero su psique, se regocija en la retentiva de saberse vivo en el colorido aroma que Marie Anne ha diseminado entre los frondosos árboles y la explosión de los delicados capullos que durante nutrido trecho habían sido cómplices de sus pueriles y traviesos sentimientos.
A pesar de evocar los vivaces recuerdos en cada rincón cuando la claridad es verde, percibe el parque con dimensiones reducidas y, la nostalgia avisa de que escasean los espectadores de madera, esos que siempre desde lo sublime a hurtadillas los espiaban y, los pilotaban a través de sus enigmáticas gargantas, arrastrándolos a misteriosos parajes de corte imperial. En esos anales, se sumergían en carantoñas desflorando el día y entre el reconfortante clima terminaban al final de la tarde disfrutando el reflejo rojizo de ese manto resplandor y acompañaban a la sombra que religiosamente ya se había instalado en su lugar. Tres kilómetros para llevarla a su casa, tres kilómetros de lienzo azul profundo, tres kilómetros de cementadas calles, tres kilómetros de escondrijos, él desearía que esos tres mil metros se eternizaran hasta los mares oscuros de la luna, para perpetuar su mano sobre la suya y, así el beso lumínico de los solitarios faroles junto a la custodia de las piedras silenciosas, les solfearían sus memorias guardadas en historias, mientras él, no pararía de inventarle a su princesa cucamonas.
Se echó un andar por el engranaje del tiempo, persuadido por sus congruentes pasos, ese remoto pasaje era una galería de troncos y hojas, donde la estación enamoraba a los cerezos en flor. Cuando parió la primavera; pudo distinguir cientos de colores en las sombras, cientos de colores que le emboban, cientos de colores que entre las copas se asoman. Ella hacía del silencio una gema salvaje. Antojaba empaparse bajo las naguas de la lluvia; su cabello olía a néctar de romero, sus orejas a miel de jengibre, su boca a menta de hinojo, su cuello a jabón de tomillo y sus manos a piña de pino… esa tez desprendía, la acrisolada fragancia de la tierra húmeda. Se zambullía en invisibles oleos de irisados reflejos que inundaban sus pupilas mimosas, ¡entonces él!, le recetaba cascadas de flores para embriagar el alma de la vista, eran unos espectadores privilegiados y le presentaban gratitud al día por resurgir a tiempo. Torna al presente, discreto curva los labios para echar un vistazo de forma oblicua, cerciorándose una vez más que no sigue a su lado porque el lujoso tiempo se la ha robado.
Esta mañana en pleno transitar por el parque, Alberto saca de su bolsillo la plegada carta, lacrada con tildes de lágrimas, en la que con letra convulsiva le escribió Marie Anne: “… ¡Por favor!, espérame junto al fascinante árbol de cerezos donde desnudaste cada uno de mis más íntimos secretos, excepto el más importante de nuestro devenir; ¡perdóname por no haberte confesado mis sospechas!, pues mi engreído padre tenía dispuesto alejarme de tu alma que era la que lactaba mi puñado de segundos. ¡Fue horrible!, ese día al perderte se me derrumbó el mundo… me sacó a la fuerza del terruño a la alborada siguiente y jamás volví a sentir la caricia de la luz…”.
La misiva disfrutaba de una semana de retraso, lo cual no impidió que sus emociones se aceleraran… Se acerca a la luz de su presencia; el almizcle de aquellas suaves manos continuaba fresco en ese blanco papel como un amanecer de lirios que van poblando el campo con millares de campanas. ¡Es el gran día!, ¡está ansioso!, se peina el cromado cabello, se estira las orillas de los ojos, ejercita la boca y tantea doblegar infructuosamente la curvatura de su exigua figura. Muy preocupado por su apariencia, subraya para sus adentros: “A pesar de todo no parece haber pasado el tiempo en está larga peregrinación”. Luego sonríe como burlándose del penador de los vientos del tiempo; ya son 72 otoños a cuestas y se cree hoy un mozuelo de 20 años luz, como esa real mañana cuando se esfumó Marie Anne de su vida.
Le sorprenden en ese ensimismamiento un par de pimpollos que se le aproximan por detrás, y uno de ellos sin timbre definido pero con voz fresca le comunica: “Marie Anne ha llegado al pueblo y todos allá están muy tristes”. Y como en un ensayo de voces blancas, al unísono le dicen: “Nos han mandado a avisarle… don Alberto”. Permanece reflexivo en la duda de lo que era un encuentro secreto…, mientras los chicos revoloteando se alejan, sincrónicamente doblan las campanadas en el pueblo, entonces, como si despertase de un sueño exclama preguntando:
— ¿¡Y cuál es su tristeza!?
— ¡Marie Anne está muerta! —Empapado en la inocencia, contesta uno de ellos. Y así se desbandan para continuar niñeando…
Irreflexivamente el lugar evoluciona en una devoradora montaña de punzantes cristales de dolor. El espacio se bifurca, hay menos verde por doquier, la estación que corre es la de las hojas secas; Alberto, al caminar entre ellas, las hace crujir; siente el desprender de las hojas caducas como un aguacero ocre, el efecto cala cada cisura de la superficie, ahora es vulnerable a cualquier legación de la naturaleza… fue una pincelada rotunda… En el parque, los luminosos matices primaverales sufren un trombo en plena faz y la fugacidad de la belleza se guarda en el melancólico silencio del libro del tiempo. 
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