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lunes, 13 de febrero de 2023

Insuflando Aliento

 

          Esa sedosa pañoleta de ir a misa, el sobrio vestido negro, el Cristo colgando en el pecho, el reloj en su muñeca, punteando las suspendidas doce, y los refulgentes zapatos de tacón… le surten la prestancia que ameritan los tiempos.

          Apoltronado en el deshilachado sofá, naufrago con la vista en el techo en el que un verdoso moho trabaja sin cesar. Tomo la humeante taza de tilo puesta en la mesita a mi derecha, le doy un sorbo y mientras relamo los bordes… la miro inmóvil, pero cautivada frente a mí. ¡De repente!, ondas vienen y van. No puedo renunciar a sentir ese coraje en la memoria, en la que facturo los largos momentos que me prohibiste vivir.

          Desde el propio inicio de mi escuela, ¡se gestaba!, ladrillo a ladrillo y sin yo comprenderlo, una prisión eterna. Antes de eso era feliz con mis compañeros de grado, hasta que unos meses después de mi contento diario, resolviste retirarme del colegio y proporcionarme tú misma mis convenientes clases particulares, y me excluiste del mundo y de la realidad. Comencé a alimentarme de la ficción. Yo existía en un entorno fantasmal: sin amigos, ¡ni rostros!, sin vecinos, ¡ni saludos!, sin otro descendiente, ¡ni otra familia!, que no fueses tú.

          Una noche, entre los resplandores de una tormenta, desvelado, me levanté de la cama y observé que al terminar de sonar los campanillazos, apresurada, le dabas vuelta a las manecillas del anticuado y gigantesco reloj ubicado en un rincón de la sala… No le presté demasiada atención y, en un medroso sigilo, me fui a dormir. Transcurrieron unos días y me volcó la intriga de aquella escena.

          Semanas después, abrigado en la curiosidad, volví a la misma hora a vigilarte y, luego del repiqueteo de las doce campanadas, en un ritual repetías la puntual maniobra frente al reloj y así regresaba cada medianoche a espiarte.

          Aquella noche, luego de que abandonaste la sala, vencí el miedo de ser sorprendido y me aproximé al tic tac para constatar, como siempre, que habías retrocedido las agujas. Entonces, como un juego infantil, las adelanté una vez más a su hora original y así lo estuve haciendo por días… para notar muy extrañado que de tu cabeza florecían canas. A las semanas me sorprendí de que mis botines no me calzaran. A los meses tu lozano rostro reflejaba cansancio entre pronunciadas arrugas que no conocía… y lánguidamente te fuiste durmiendo.

          ¡Ton! Ignoraba el secreto de tu promesa ¡Ton! Bueno, amada madre ¡Ton! Me acabaré mi bebida ¡Ton! y al terminar de sonar ¡Ton! los doce campaneos ¡Ton! iré a retrasar el reloj ¡Ton! y te pondré tu dosis de… ¡Ton, ton, ton…!

Número Especial 2021

miércoles, 24 de febrero de 2021

Bajo las farolas

 

   Echo un vistazo al inmenso reloj que tengo detrás y el cuello me suena ¡crack!; me atraganto con la punta de las agujas, pues ellas, de pausa en pausa, se acercan a las ocho de la noche y apuro el último bocado porque en la cena mi padre capitanea sus críticas contra mí. En ocasiones tiene razón: ¡Que si los coloridos cintillos que uso en la cabeza!, ¡que si uso los pantalones muy ajustados!, ¡la franela muy corta!, ¡los tacones muy altos!, ¡que deje de comerme las uñas! Y por último en su cierre magistral: ¡qué es una verdadera grosería mi maquillaje de hoy!

   Al fin termino la comida y me limpio la boca con la servilleta, como lo manda el protocolo, pido permiso para retirarme y lo hago despacio para no exhibir la ansiedad, pero al salir del comedor pego una veloz carrera hasta el ventanal de la sala. Abro las verdes y carcomidas ventanas de madera y me asomo al hueco de luz, para sentarme, muy coqueta en la cornisa frente a la calle.

   Intento obviar todas esas censuras e incomprensión de mi viejo y permito que entre el fresco viento por las ranuras de mi escote. En la angustia, comienzo a mordisquearme las uñas y súbitamente retumba el sonido mágico de mis días: ¡Tin-tin-tin-tin-tin-tin-tin-tin!, y aparece Andrés doblando por la esquina acompañado de las farolas; con pasos firmes se aproxima para pasar delante de mi fachada y cuando me dispongo a hablarle… se me traba la lengua y enmudezco, entonces el guapo de Andrés, sigue de largo sin advertir siquiera mi presencia.

   Suspiro y al menos me alegra el alma el haberlo visto como todos los días…; seguramente mañana sí tendré el valor de conversarle y sin anunciar su presencia mi comprensivo padre aparece para llamarme: «¡Anda a dormir, Javier!, que mañana hay que madrugar».


martes, 15 de diciembre de 2020

La Corona del 2020


     Entre una fiebre y una tos que desgarra mi garganta, paso las horas. En pantalones cortos, medias y cholas me encontraba sentado en el suelo, pues sillas vacías ya no quedaban en el exterior de este lugar donde, no obstante mi pesadumbre, los árboles eran más verdes y los pájaros trinaban con más fuerza que nunca.

     A través de un megáfono nos informan que allá adentro ya está copado y no sale ni entra nadie de aquel recinto…; lo que hago es darle vueltas a la cabeza y preguntarme cómo nos pasó esto, en qué momento llegué yo hasta aquí si hace un mes vivía feliz con mi madre, soñaba con una novia, tenía buenos vecinos y la universidad comenzaba a brillar para el futuro. 

     Respiro cortico…; tengo un llorar acumulado como si la lotería de la sequedad me la hubiera ganado yo y es que este dolor de cabeza no se me quita desde hace días… Recuerdo a mi mamá cuando me hizo el último desayuno y yo le bromeaba al acercarme a la mesa y le decía que era la anfitriona más hermosa que había conocido, y ella me amenazaba con que si me ponía groserito ya no me consentiría más. 

     Yo seguía con mi vida normal por las calles, en cambio mi madre redobló previsiones y ya tenía más que una cuarentena resguardada. Yo no había tomado las precauciones del caso; mi juventud no admitía películas reales en mi vida.

     Veo a mi mamá que entra toda angustiada al apartamento y comienza a quitarse su exagerado equipo de guerra. Entra en crisis, pues había ido a casa del vecino a dejarle en la puerta algo de comer porque tristemente había perdido a su esposa e hija hace unos días, y ahora él no se sentía muy bien de salud. Llegué a pensar como algo normal que tal vez ese viejito se moriría de desconsuelo. Abracé a mi mamá y ella se puso a llorar en mi hombro y, gimoteando, me dijo que el señor Eleazar le entregó sus sueños a Dios: había muerto esta mañana y se lo llevaron en un solo secreto. Intenté consolarla, pero fue inútil y corrió a desahogarse a su cuarto.

     Inhalo fuerte para llenar los pulmones de aire como si alguien me tapara la nariz con una tela adhesiva… De pronto, me desperté y estaba sentado, solo, en una silla de ruedas y con una manta encima, y no tengo la menor idea de cómo llegué allí, pues hace unas horas estaba sentado en el suelo; debe ser que me desmayé y me ubicaron en el fondo del patio del hospital.

     Mi tos se apresura a salir de mi boca y mis estrujados pulmones piden oxígeno a la vida. No sé qué hacer en este padecimiento pues, a pesar de ver mucha gente, todos mantenemos la inmensa distancia, ya no existen los abrazos y los besos acalorados de mi gente. 

     Esa tos seca no se me va y cada vez respiro más rápido. Espero por una cama o algo de oxígeno pero, como yo, hay miles en la misma situación… Ya no hay manos aunque quieran, ya no hay tiempo para llorar, pues la tos y la falta de oxígeno les ganan la carrera a las lágrimas. Para los positivos del virus solo existe la suerte de morir. El fatalismo llegó para todos. 

     Mi madre fue la que me trajo hace unos días al hospital y no quiso abandonarme a mi suerte; de una manera vertiginosa, enfermó y tuvieron que llevársela. En ese momento sentí un terror espantoso de perderla y, como un niño, me amarré a su cintura. Antes de irse me miró con todo su amor y, en un abrazo sin fuerzas, me dijo que le entregara mi angustia y mis miedos a Dios, y que ella rezaría por mí… Entre lágrimas, me echó la bendición y la vi alejarse. Ayer en la noche un doctor me informó que murió, y me apenó mucho saber que sus últimos minutos fueron de dolor y soledad… 

     Al igual que yo, me he quedado solo…; estoy asustado…, cada vez que toso me duelen insoportablemente el pecho, los ojos, los brazos, los pies, los dedos de las manos, y siento tanto miedo de morir solo…, pero nadie se me acerca porque soy un virus viviente.

Gracias por permitirme estar entre sus páginas.


Las imágenes usadas en esta entrada fueron tomadas de El Diario El Nacional

miércoles, 29 de abril de 2020

Megapíxeles


   Con una congestión de gametos acelerados en una autopista a mil por hora, desconsolado regresé de la fiesta antes de la medianoche y, como un sigiloso lobo, entro a mi habitación y gruñendo me echo en la cama…, siento los retorcijones de un salvaje animal en celo. Para intentar liberar la tensión de mi aturdido cerebro, con mi mano preferida sobo con suavidad y determinación mis partes impúdicas, rememoro el instante en que bailaba en el retumbar de coloridas pantallas de plasma, ¡bum-bum-bum!, acompañado de ese lindo paraíso de carne que me cautivó. ¡Uyyy, nada de nada!, me fui en blanco, ¡qué mala onda!, solo me dejó la ropa oliendo a cigarro, a queso de pizza, a perfume infantil, a sudor de puticas y con un abusivo dolor entre las piernas. 

   Qué ganas le tenía a esa Leticia, ¡pero bueno!, fue un momento engañoso, me ha mandado cachondo para mi dulce hogar; lo que me queda es enclaustrarme en el baño de mi cuarto. ¡Oh!, ¡oh!... bueno, se me olvidaba la alternativa tecnológica: «¡Usa los recursos a tu disposición!», siempre me dice la profesora de computación. Golpeo el power y… y… y… ¡esa vaina si está lenta!, ¿será que media ciudad se está pajeando?

    En ese intervalo de espera, que me parece infinito, hago lo posible por aplacar mis necesidades; ¡el ejército quiere salir a la fuerza!, ¡esos cabezones no se pelean por regenerarse!, se empeñan en huir, ser libres, me empujan y corren aturdidos…, solo escapar de esa ebullición es su más ferviente aspiración. Les ruego una oportunidad para compensar este desastre de haberlos invitado a la gran parranda y salir con las tablas en la cabeza. Ellos insisten en emerger por su cuenta, pero les advierto que morirán millares sin llegar a disfrutar del placer de la vida y me responden los muy ingratos:
—¡No nos importa un carajo!, estar aquí encerrados es una pesadilla.

  Definitivamente esta rebelión de miles es una guerra psicológica. Sofoco el cuerpo con mis pensamientos, tengo el flujo de testosterona al cien por ciento; trago saliva, me suda la frente, me pican las manos, me tiemblan las piernas, estoy a punto de un colapso, un coma pajillero y… y… ¡arranca ya coño!...  

   Ruuuiiiiruuu, ruiii, ruiii… ruiiiruuu, chu, chu, churuiiiooo…: «Al fin». Clac-clac-clac… entre sudores fríos aparecen en directo esas bronceadas curvas en high definition; las yemas de mis falanges rebotan fantaseándola ¡para mí solito! «¡Eres un egoísta!», acota ella en la distancia, pero es que posee una hechura muy hermosa: La imagino con sabor a mango, a sol caribe, a olor tropical. Clac-clac-clac… «¡No sean curiosos!», lo que le manifiesto es confidencial, exclusivamente entre ella y yo. Ese castaño cabello lo enrosco delicadamente en la punta de mis dedos, esos encarnados labios son dos espadas fileteando los míos, ¡esos ojos traviesos!, preñados de fuego, me invitan a lujuriar… A través del ojo visor, desciende… la pícara, enseña sus cocos henchidos de proteínica leche y mi incendiado mástil, junto a sus inflamadas boyas, se aprisiona contra el metálico cierre.

   Clac-clac-clac… ¡no traten de pescar lo que le escribo! No se los den de Anonymous; ya se los dije, es algo muy íntimo entre este par. El visor recorre sus firmes y dorados muslos repletos de diminutos vellos. «Mira lo que te tengo», me dice la descarada; se gira y me enseña los dos hemisferios sebosos…, su pomposo rulé de voluptuosa definición, me comería su escondido y pestilente hedor como todo un placer gastronómico. El mástil, en plena tormenta, está a punto de partirse en pedazos desde el tallo hasta el frenillo al no encontrar una salida de emergencia. Clac-clac-clac… El visor se mueve violentamente y se sitúa en sus perfectos y blancos dientes para mostrarme en la ironía de quien posee el control de la situación.

   Clac-clac-clac... Palmo a palmo el visor pasea sus prominentes caderas y llega al ombligo para detenerse y dejarme extasiado. De una manera vulgar, lubrifico con saliva las palmas de las manos, abro la cremallera, le consiento escapar al mástil que tiene las violáceas venas hinchadas como un globo y por fin logra respirar de tal ahogo. Ella desliza el visor perezosamente y muestra el más preciado tesoro de Venus envuelto en una esponjosa lana negra y, al descubrirlo, se puede distinguir jugosita, rosadita, bonita, cerradita y delicada.

   Imagino su hinchado clítoris temblar como una gelatina rosada, mientras la devoro con gozo, la torturo con los dientes y los hilos de saliva diseñan estalactitas de cavernas en esa región pubiana.  ¡Ya no resisto más!; de una manera placentera mi muñeca sacude el mástil de arriba a abajo en un torbellino de sensaciones, ¡explotó por dentro!, termino rindiéndome como todas las noches y expulso un placer espasmódico en un claro gemido: “libertad”. Exhausto, sudado, adormilado, hambriento, clac-clac-clac…, me despido de ella a través de la inalámbrica conectividad y me desconecto…



Seleccionado en la Convocatoria de la Revista Literaria Anuket 2020.
Literatura Erótica. Tomo 3. 

Las imágenes usadas en esta entrada fueron tomadas de la Revista Anuket Tomo 3


viernes, 3 de abril de 2020

Esa eres tú

Eres lo maravilloso de mis días, esa infinitud que vocea lo inefable,
calandrias y gavilanes compartiendo el mismo nido,
y mis besos y abrazos olfateando tu silueta en las sombras.
Agradezco a la ilusión por embarcarla en la nao que navega a mi lado
para así comulgar prisión y albedrío como Dios manda.

Esa eres tú, ese milagro donde borbolla el punto de la sustancia.
Como hiena te acoso para la sempiterna fiesta en la madriguera,
el calor lleva de la mano al sudor por la senda que cala tu tez
y obligado estoy a seducir el lapso que le proveyó alas a tu centro.

Hago votos con la sangre que brota del útero de la tierra,
que lameré tus heridas y convertiré tus predios en lirios de agua.
Seré agradecido con el camino que toquen mis vulgares pies.
¡Por favor!, te imploro en una lágrima mía:
quiéreme por el resto de la vida y ama al zafio que soy.

Eres la presencia que rebosa mis campos baldíos,
lo alucinante que abarca mis deshechos mares.
No pretendo que me regales nada, lidiaré por cada poro tuyo.

Con mi sabor amargo y un tanto de miel de tus labios
te prometo que no serás un cuento que no se escriba.
Apostaré el alma en las letras que te harán veraz,
serán grafías con un amor fresco y lozano.

¡Ahora bésame!...
y cabalguemos sin tregua para deponer el tiempo atrás.
Traguemos años y hagamos eterno este baile de Eros.

En ninguna fracción renunciaré a ser tuyo en tu piel.
Si te secuestrara el fenecer, iría por tu corazón a donde sea
para que tus callados ojitos por siempre rían.

Tomaré tu frío y tu hambre, y te daré amor.




jueves, 25 de julio de 2019

La mitificación

Se presentó en mis tierras la imagen que unos aquí admiramos;
se paró en frente de la masa con el garbo que unta el desparpajo:
nos exigió silencio y trajimos la ausencia del ruido;
nos ordenó hincarnos y curvamos las piernas sobre el suelo
congénere de un venerado ser emergido del inframundo
era él quien disfrutaba de nosotros y no nosotros de él.

Nos sorprendió con ráfagas de balas salidas de su boca,
e hipnotizados retozamos y coreamos su nombre.
Le lanzamos rosas que en sus manos se marchitan
y la amenaza de devastarnos la esencia es latente;
inoculados no logramos digerir aquella hostia,
y el ánima de estas tierras verdes se revuelca poseída
y se hunde en el arsénico fango del invitado…

Él se marcha y aún así ansiábamos que se quedara;
Desdeñoso, sale golpeándonos con sus espinas
y así fue como nació mi aldea… llamada:
“Ocaso”.

Gracias a la Institución por mantener viva la memoria del poeta cordobés
¡Que siempre viva el poeta!
Agradecido por tan maravilloso reconocimiento.



viernes, 5 de octubre de 2018

El grito

     Es una madrugada en la que la Luna cobija secretos y el viento silba acurrucado en las montañas.  Mis seis hermanos descansan regados por toda la sala y aún no se levantan. Humea la taza de café y sorbo un trago.

   Desde la ventana visibilizo las montañas que con orgullo ondean su libertad entre la niebla. Parsimonioso, camino alrededor del salón, los observo y, en la mudez, les doy las gracias por creer en lo que hacemos…; ellos lo han abandonado todo por un sueño. Como un cuadro al oleo veo a la dulce Andreína acurrucada entre los cálidos brazos de su amor y, con una sonrisa, noto su vientre en el que por ahora vive el futuro.

     Ya se abrió la mañana y con la claridad pudimos observar en la lejanía, a través del empinado y angosto camino de tierra, a centenares de hombres vestidos de uniforme que se venían para encima levantando el polvo.

     Nadie fue desobediente, nadie salió a las calles, por más que grité, por más que gritamos, por más grito que hubo, por más que le pedimos a Dios que los despertará de ese letargo.  

     A unas horas de haberse despertado el grupo, las sólidas paredes de ladrillos ya estaban llenas de orificios y aún seguía salpicando el friso por doquier y vibrando las ventanas que fotografiaban los agazapados movimientos de los árboles heridos.

  Transcurría la mañana, los que creían en nosotros, los indiferentes y los que no creían permanecieron haciendo lo mismo de todos los días: comprar la caridad, aferrarse a la esperanza, permanecer  en la fila de la humillación, subsistir detrás de sus tableros, seguir con los brazos cruzados, esconder el miedo en un teléfono, bloquear el “¡sí se puede!” de su mente.

     Todos los buenos de afuera le corrían a la historia, a pesar de estar del lado correcto de Dios. Yo no era nadie para culparlos, todos querían estar vivos, nadie quería estar bajo tierra, preferían estar vivos, no importa cómo, pero vivos.

     En una alternancia de tiempos una onda expansiva me creó confusión. Entre voces y ruidos me vi tirado boca arriba en el suelo, el piso vibraba y el techo, a dos aguas, ya no existía. Aturdido, en mis órbitas resaltan entre los escombros una motocicleta, ollas regadas a lo largo del suelo y uno de mis hermanos yace tendido a mi lado. Escucho los quejidos de Andreína y pienso en el llanto de su bebé que no saldrá de ese vientre para conocer el Sol, la Luna y la Libertad.

     Entre los nubarrones del pensamiento me aferré a mis tres estrellas, esas que me hacían risueño, esas a las que até mis cordones de lucha… y me dejé llevar con ellas a cantarles una canción y colmarlos de amor y mientras exhalaba mi último aliento…  el centinela, que había pernoctado con la Luna, con su fría mirada estaba dispuesto a entregar su trofeo; me acercó a la frente el gélido metal y en un chasquido me fui…



El 15 de enero de 2018, Óscar Pérez, junto con otros seis compañeros de lucha, fueron ejecutados por cuerpos de seguridad del Estado venezolano, 
pese a su voluntad expresa de rendición.

Abraham Lugo Ramos
Jairo Lugo Ramos 
Abraham Israel Agostini
José Alejandro Díaz Pimentel
Daniel Soto Torres
Lisbeth Andreína Ramírez Montilla




Minutos antes de ser ejecutado estas fueron sus palabras:

"Le quiero pedir a Venezuela que no desfallezca, que luchen, que salgan a las calles. 
Ya es hora de que seamos libres y solo ustedes tienen el poder ahora. 
Los amo con toda el alma, con todo el corazón".

Gracias a "Venezuela Hasta Los Tuétanos. Bajo La Lupa N° 27"
por hacer un audio de este escrito.


Ficción Histórica
Las imágenes usadas en esta entrada fueron tomadas de la web.


martes, 18 de diciembre de 2012

Dichosas Pascuas

Era la Navidad de los niños que corrían agitados por el cielo, pues el Ángel mayor les otorgó la venia de visitar a sus terrenales padres...

Y al llegar, en mis ojos brillaba el destino del nostálgico recuerdo...

Era una fría Navidad, mi madre llorosa cerró esa puerta. ¡Clac!, y ese sonido cercó para siempre el calvario de mi existencia.

Papá nos reunió a los tres, nos dijo que esa noche nos pintaría la Luna de Navidad y nos abrazó para hacernos sentir la paz de su amor.

En sus ojos baila el miedo, abraza al hijo entre el invierno, ya no ve el faro que conocía y debajo del puente brilla la Navidad del cielo.

La vida fue y vino, de nuevo era Navidad… y solo era un anónimo en el apartamento, con un corazón vacío.

En esa fecha especial fui al parque a visitar aquel columpio, el más preciado regalo que mis padres me daban cada Navidad.

Siempre obvié la Navidad y, hoy que ya no existo, la extraño para compartir con los que más amo.

Llora en Navidad, los visitantes se marchan luego de pasar el día con él, ahora solo, se queda con las rosas que puso su hijo en la lápida.

Será una Navidad sin ti, amigo, donde el recuerdo de las polvorientas muchachadas hará muy triste el año por venir.

Llovía, me sentí culpable, salí a la calle y le llamé, volvimos a casa juntos. Dije Feliz Navidad, dándole su galleta de hueso. 




Gracias a la "Academia de Escritores" por seleccionar este último tweet entre los 20 mejores microcuentos de la 1ra Edición del Concurso Internacional de Microcuentos Navideños.

Tweet Cuento: (Historias en 140 caracteres)
Tweets @garlakat 



viernes, 28 de septiembre de 2012

Rasgo final

Tus labios son mis jardines donde podo con besos tus nacientes pétalos.
Eres un amor prohibido y eso le provee demencia a mis infieles pecados.
Fecha a día; lamo tus lágrimas como un perrito fiel que malgastó su hueso.

Estoy pactando con las promesas en la cornisa del deudor.
Voy adueñarme de tu corazón; si él se descuida un poquito nada más,
usaré el camuflaje dependiendo de la sembrada alfombra del trecho.

Prolongaré hacia  adelante como un cangrejo azul colmado de ilusiones.
Emplearé las provistas pinzas como sigilosos remos que bailan esperanzas
y te raptaré montada en un caballito de fuego, custodiada de peces y gaviotas.

Espero que vengas, porque si no desataré mi furia para herir al silencio
y apedrearé el tiempo hasta ultimar su transparente e impenetrable cuerpo
para así condenarme al irreversible huerco del desamor.



martes, 31 de julio de 2012

Materia de alquiler

   Sus extremidades la acompañan por inercia. En un conflicto humano se arrastran desoladas por el convulsionado boulevard de Sabana Grande. Un tanto desaliñada, y con el largo cabello cundido de salinas lágrimas de ayer, profesa a los cuatro vientos que azufre y fuego la devastan dulcemente por dentro como si viviese los últimos instantes de una ardida Sodoma. En su mediana existencia ha procurado ser fuerte como un alcornoque y está segura de que aguantará el terremoto hasta evidenciar, por sí misma, que cualquier esperanza está aniquilada. Llega al restaurante donde el encuentro la espera; ordena de inmediato un negro café y un insípido vaso de agua.
   Mientras se maquilla para tratar de ocultar un alma casi vencida, su remota naturaleza mental gestiona vueltas y ese andamiaje abstracto es vapuleado como bolos azotados por una pesada esfera de boliche. Sentada, con las piernas cruzadas, suspira, transpira y, de tanto temblar como una poseída, la mesa se estremece con una de sus huesudas rodillas. Se aproxima el camarero y, con curiosidad, le pregunta: "Señora, ¿se encuentra usted bien?". Ella asienta con la cabeza y pasa su lápiz labial como un rojo asfalto por sus cuarteados labios, mientras el mesero coloca lo ordenado y se retira sin más.
   Ya presentada como una reina, emprende a beber el ya frío café que, adormece más el huérfano palacete de su atribulado adentro. Más calmada, presta suma atención, que la concurrencia a su rededor no le parezca tan fachosa y de malos propósitos. Entonces, en lo oculto del bolso ojea los malévolos verdes y con dedos ágiles efectúa el recuento en su interior para confirmar que la cifra es la mitad de lo correcto. Saca un cigarrillo y lo enciende; arremolina el humo en su entorno y se acerca el mesero para anunciarle que en ese sitio está prohibido fumar.    
   Apenas arribó ayer en la mañana al Aeropuerto Internacional de Maiquetía… y el cerrado cielo ya le pronosticaba uno de los más infames días de su vida. ¡Al fin!, horas después de haber pisado tierras venezolanas, conoció a la lozana Rebeca y no en las mejores circunstancias que hubiese soñado, ya que su prima mayor, Regina, relegando lo humano, fue tajante y de dura convicción ¡…! En la corta espera ha invitado a tres cafés para que consuman el tiempo por ella. A la distancia nota que se avecina una pareja sexagenaria; se levanta para recibirlos con una nerviosa sonrisa que, suspiraría por estar ausente:
—¡Buenos días, primos!
   Les va a estampar un beso y la emperifollada Regina, de inmediato, la esquiva para reiterar:
—Ten claro algo Romina, ¡que no vinimos hasta aquí!, para recordar viejos tiempos. ¿Sabes muy bien a que…?
—Los entiendo, ¡¿pero quién me comprende a mí?! Me hubiese complacido que estuviese Rebeca…
   Acorde con su elegante traje, Félix la corta de manera amable:
—Entendemos que fue un extenuado viaje, ¡que vienes de muy lejos!, pero desde el principio tú aceptaste las condiciones del negocio, y con respecto a…
Interrumpe Regina anunciándole con brío:
—¡Te puedo jurar que no la verás más!; resuelve con nosotros este desagradable asunto, ¡y punto!
   La prima menor introduce la mano en el bolso y masculla cautivando la oscilación:
—¡Aquí tengo el dinero!, bueno…, la mitad..., ¡pero luego… les pagaré completo!
   El refinado hombre desea entrar en los cauces de la claridad:
—Ya la situación no trata de algo económico. Es que desde hace unas horas acabas de perturbar nuestras vidas, la de todos…
—¡Hablemos claro, prima!
—¡Es así!, —asegura con énfasis Romina—, ¡somos la misma sangre…!
—¡Lo somos!, —subraya Regina—, ¡pero hasta ahí!, ese es el límite…
   Romina principia a sudar frío como si el alma se le escapara de un revoltoso cajón del cuerpo; saborea el poquito de agua que resta en el vaso y sonríe con los bordes temblorosos que han manchado de púrpura el cilíndrico vidrio y, en lo sumiso, emite:
—Yo únicamente deseo estar cerca, ¡no les molestaré…!
—Y nosotros solo queremos que te vuelvas a la Argentina y nos olvides; ¡eres joven aún!, puedes casarte, tener tus hijos, tu casa y establecer un hogar de nuevo…
   Con los humores retenidos, la prima, un tanto alterada, saca el dinero y lo coloca en la mesa para comenzar a contarlo…, cuenta, cuenta y cuenta en voz alta sin parar. En ese minuto, Félix la ase delicadamente por las manos, coge el papel moneda, se lo mete de nuevo en la cartera y le expresa:
—¡Entiéndelo, prima!, esto no se trata de una compensación económica…
—¡Y, de paso! —En la evocación apunta Regina—, eso no fue lo que pagamos en aquel tiempo…
—¡Sí, sí, lo sé! Estoy consciente de eso, pero son diez mil dólares… ¡La otra mitad la conseguiré y prometo dárselas!
   Regina, ya con la piel roja de carne hirviendo, absorbe aire, y le advierte como si la vida fuese objeto de una cláusula: 
—Te denunciaremos a la policía si te acercas a nosotros o a nuestra casa. Hicimos un pacto de nunca más hablar de aquello, ni mencionarlo siquiera, ¡y lo cumpliremos!…, cueste lo que cueste.
—Deseo estar muerta antes de volverme sola al sur; no pueden someterme a esto, yo cometí un error y lo he pagado todos estos años en el callado exilio de la Patagonia…
   Regina se pone de pie y en un gesto le solicita a Félix que haga lo mismo; él se topa con sentimientos encontrados, pero con arresto se levanta. Y la prima, de súbito, les cuenta lo que sabe:
—Rebeca me informó ayer que piensan irse definitivamente a Canadá…
   Con un pequeño golpe sobre la mesa, Regina, enfurecida, retorna a su silla y le da un ultimátum:
—¡Lo sabes todo! Pues sí, nos largamos de Caracas… Y si continúas acosándonos, ¡soy capaz hasta de matarte!…
   Félix toma asiento y, en la sensatez, le ruega a las dos que se calmen. Regina lo mira expulsando coraje y le señala:
—¡Ahora!, ¿de qué bando eres?... ¡¿Avísame si no fue solo semen lo que le entregaste?! 
—¡Por favor, Regina!..., ¡no se trata de un trofeo!, no se trata de qué lado sé esté. —
Sutilmente la coge de la mano—. Hablamos de una vida humana que ni siquiera está presente ¡y, de paso!, envuelve con una sábana las nuestras…
—¡También es la mía…!
—¡¿Ahora?! ¿Por qué?, cuando en ese tiempo te pusimos en la palma de la mano los veinte mil dólares estabas muy sonriente…
—Vendí mi cuerpo, lo sé…, era una codiciosa mezclando la inmadurez. Tú sabes que solo tenía veinte años… y ustedes, en la razón, se aprovecharon de eso…
—¡Por favor, prima!, ahora eres inocente del pecado…
   Guardan silencio por unos minutos y Regina intenta manejar la situación:
—Vamos a hacer un trato, ¡llévate los diez mil dólares!, para que sigas tu vida y hablamos en un futuro de esto, ¿te parece…?
—¡Pues no!, anhelo estar a su lado. Todos estos años han sido un suplicio para mí, he vivido coleccionando lamentos…
—¡No nos pongamos viscerales!, porque los hechos hablan por sí solos… No le has suministrado nada en todos estos años…
—¡¿Eso… crees?!, pues le proveí lo más importante: ¡la vida!…
—¡Qué ligereza! ¡¿Llamas vida a la transacción que costó veinte mil dólares!?
—Pues ese óvulo era parte de mí y abrigo la necesidad de estar cerca, y ¡ustedes no me lo pueden negar…! —Apela a la sensibilidad del caballero presente—. Tú eres diferente, Félix, eres su verdadero padre, ¡y yo su legítima madre…!
   Félix recurre al bloqueo mental para no ser atacado por la angustia que se debate entre el raciocinio y el egoísmo.
—Tienes razón; yo no soy la madre biológica de Rebeca, pero soy la que tomó en alquiler tu vientre… Ayer nos estropeaste parte de la felicidad que tuvimos durante quince años, pero con tu confesión a Rebeca…, nos libraste de ese compromiso. ¡Eso se le pasará!, pues nosotros somos sus verdaderos padres y eso es lo que cuenta…
   La irritada Regina se pone de pie y Félix hace lo propio detrás de ella; la prima menor revienta en llanto en un estrés de secuelas emocionales y rodea con los brazos a su consanguínea, pero ésta, convertida en un glacial, no le corresponde al apretón:
—¡Por favor!, déjenme estar cerca de ella, ¡solo eso!… Les doy mi palabra de no quitárselas…
—Seguramente es tu misma palabra de hace quince años. —En lo mordaz acentúa Regina—, es muy tarde para reflexiones, ¡vamos Félix…!
   Romina, descorazonada y sin arreglo previo, extravía la noción del tiempo y el espacio, se le estruja como una sanguijuela a Regina y, con la ayuda de Félix, ésta se la quita de encima. La prima menor toma su bolso y como una desquiciada le empieza a contar el dinero mientras los persigue. Félix, presuroso, detiene un taxi y se suben en él como pueden, y se alejan de la zona. En tanto, la que se queda, entre alaridos de desespero, cae al suelo y contempla cómo se desvanece el vehículo que transporta para siempre, su arrendada alma de madre…


martes, 22 de mayo de 2012

La cena


   Se ampara en el camuflaje que presta una noche de luna nueva, sigiloso…, envanecido a pulmón lleno, entra a la granja pasando obstáculos con añadida destreza. Consigue, entre el fosco ramaje, llegar cerca del granero y husmea lo que puede. Untado en la confianza del descuido, prueba el tóxico alimento que el granjero había regado temprano en el lugar y, al rebasar el tejadillo, involuntariamente comienza a restregarse violentamente contra el verde césped y en esa oscuridad detrás de la verja del granero; cuatro ojos impacientes prestan atención a esas convulsiones; ¡cómo se revuelca ese cuerpo sobre el suelo!… su alma mansamente pierde el vuelo para perecer en la tierra. Los dos especímenes escondidos saborean lo que podría ser un banquete de varios días y el compinche de tonalidades llamativas observa aquel felpudo rabo puntiagudo ya inmóvil y, con su garra, le requiere al otro: “Anda tú y chequea que ya esté frío”. El minino de color negro, disiente asustado con la cabeza “que el no irá”. Entonces, el de las coquetas coberteras se aproxima en un revoloteo y aterriza sobre el inerte moteado de dos metros de longitud, y emprende a picotear esa tibia y lustrosa masa manchada de rosetas. Con su inocente canto nocturno, llama a su compañero al festín: “¡Acércate a la cena…, gato cobarde!”.




jueves, 8 de marzo de 2012

Dentelladas


Lo siento tanto…, ella sólo tenía esos frágiles cuatro años de edad; era mi amiguita, ¡lo juro! No sé cómo perdí el control, ¡tan sólo me quitó la pelota!, pero mis primitivas neuronas se transformaron en colmillos que se le encajaban salvajemente por la tierna carne y su sangre caliente bullía mi hocico. Cuando ya no existía ese diminuto rostro, y encontrándome en el mayor éxtasis, sentí una aguja clavarse en mi cuello, mansamente fui perdiendo la noción del tiempo. Ahora he despertado y me encuentro detrás de estos barrotes, inmovilizado, permanezco echado esperando el turno para el sacrificio…

martes, 29 de noviembre de 2011

Canguelo

El retorno de…
     Había fiesta en la comarca de Canguelo, pues el futuro rey regresaba de una de sus largas cruzadas. Al fin, entró por el gramíneo sendero del pueblo, empuñando en su famélica mano el distintivo estandarte púrpura del Samán. Ya rodeado de sus súbditos, exhibía orgulloso, montado sobre su negruzco caballo, las cicatrices de las heridas causadas en las cruentas contiendas; alborozos, aquellos lo vitoreaban y él, gentilmente, se detuvo un minuto para que los fieles lo palparan muy cerquita y decidió hablarle a su gente con las pasiones más ocultas que ni su corazón conocían. Levantó su espada al cielo y profesó: “¡…Canguelo cambiará muy pronto, se los prometo…!”. Se le aproximó uno de sus soldados para susurrarle algo al oído y al instante pronunció: “¡Seré el futuro rey, pues me informan que mi padre se encuentra grave de salud y debo acudir a verlo de inmediato!…”. 
  
Carlos Rafael V        
     Esa trágica noche del 4 de febrero de 1892 fue acusado de haber envenenado a su anciano padre, ¡el padre del pueblo! En ese tiempo, las recientes autoridades de estandarte blanco, aparte de la presión ejercida por el vulgo, no habían encontrado suficientes pruebas para mantener más tiempo en las tenebrosas mazmorras a Carlos Rafael V. Ya indultado, sin privilegios ni insignias, se encontraba como un hombre libre caminando las empedradas calles de la comarca, pero sin gozar de honorable caballero y soldado del reino. Aparentaba no importarle toda esa parafernalia, simplemente soñaba con la promesa ofrecida a sus fieles: de cambiar los degenerados vicios que hubo y que hay en el presente. Meses después en un plan suicida, intentó derrocar al corrupto gobierno y fracasó, sembrando un mensaje para los estandartes púrpuras: “¡Compañeros!, lamentablemente por ahora los objetivos planteados no fueron logrados, ya vendrán nuevas situaciones…”. 
   
Escribiendo ilusiones
     Los que picoteamos un día de la mano del rey, al presente, asumimos inclinarnos para comer ahora de sus pies, porque ya no es legítimo mirarlo a la cara. Exiliado de la comarca por el propio monarca, borroneo los libros que no desean recordar aquellas encarnizadas batallas contra los estandartes blancos, verdes, amarillos, naranjas…, y otros que fueron aplastados por las zarpas enceguecedoras del poder. En Canguelo, se escriben exclusivamente ficticias historias sobre los doce últimos años de los estandartes púrpuras del Samán. Los que depravamos nuestra dignidad, nos vimos obligados a lamerle los pies al rey. Todo el vendaval de ofrecer castillos libres se ahogaron en un océano de tiranía. En lo clandestino, reflexiono los edictos del Samán, y por qué hoy somos esclavos de errores del pasado. En Canguelo, ya nada parece escandaloso, porque los tembleques ojos del pueblo se han acostumbrado al comiso mental.

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