miércoles, 4 de diciembre de 2019

Tierra bajo mis uñas

En mi paseo por la Gran Manzana, diviso en la esquina a ese regio trasatlántico,
centenario, colmado de más historias que su apilada acústica de ladrillos y piedras.
Nacido de sueños, nacido del océano, nacido de luna de miel, nacido del puro amor,
allí se recrea el cuerpo y alma de esas caricias que dejan los ricos colores orquestales.

Ahora estoy adentro y respiro una atmósfera de calma, el caos lo he dejado en la calle
y en una ilusión pueril me parece estar en un ilícito fragmento de la historia.
Ahora estoy arriba del escenario donde olvido qué tan lejos está mi casa materna,
pero me he traído en las valijas los “tics” vocálicos más hermosos de sus risas.

En este vehemente sueño puedo lidiar con eso y dejar de pensar en lo que dejamos 
ausentaré lo malo para evocar y añorar mi olor a tierra con el recuerdo hecho música.
Desprevenida, me abordan sincopadas y rítmicas olas de sentimientos que van y vienen
conectándome a las emociones de la imaginación, que son lo que me hacen ser humano.

Ahora estoy aquí en la sala de conciertos como un regalo que la vida obsequia a pocos;
entre el suntuoso amueblado y decorado, que parece trivial se esconden significados,
rebotan de las paredes, pisos flotantes, techos colgados, los ecos de herencia musical:
Sergéi Rajmanino, Vladimir Horowitz, Isaac Ster, Walter Damsosch, Doral Parelman…

Mis ojos no existen, mi boca no existe, mis oídos no existen, que me quedé sin voz…
Soy etérea, aquí en el lugar que escapo soy feliz y nadie puede hacerme daño.
Habitan las butacas al frente, vacías como un ensayo de luz que me consiente la vida.
Los atriles sin partituras, las sillas sin músicos, los instrumentos con solo el alma
y noto mi suave voz… allá, delante de mí… y mi saliva, que es etérea, la siento rodar.

En el éxtasis transportado llevo mi piano al fondo del patio familiar y los oigo libres;
observo mis manos y descubro abrazada, debajo de mis uñas, la tierra que añoro.
Me acerco al piano con el alma libre y confieso que junto a él soy una amante feliz.
Sentada, mientras tecleo, veo debajo de mis uñas la tierra de aquella llanura que amo.

Mientras las melodías vuelan y se hacen sueños, veo en mis uñas la nevisca que amo.
El recorrido de mis manos parece infinito y veo en mis uñas las aguas azules que amo.
Escapo en el mariposeo de mis dedos que me muestran el cerro Ávila que siempre amé.
Sin otro auxilio que mi instrumento improviso un ritmo sin alardes de mi pena historia
la última nota del “Himno más bello del mundo...” colma cada rincón del Carnegie Hall.

Abro los ojos para encontrarme que no es un sueño; el golpeo de cuerdas voló con miles
pues el aplauso y vitoreo de la audiencia que se levanta de sus butacas me despierta,
y en una ceguera emocional contemplo impecables mis manos de pianista,
y siento mi arrugado y exiliado corazón huérfano de tierra aquí en Manhattan.






Gabriela Montero pianista, compositora y arreglista venezolana, 
destacada por sus improvisaciones al ritmo del piano de melodías populares y clásicas.
El 30 de Julio de 2019, Gabriela hizo magia en el majestuoso escenario del Carnegie Hall de Nueva York, 
en el que desde 1960 no se presentaba una mujer con su propio concierto.


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jueves, 25 de julio de 2019

La mitificación

Se presentó en mis tierras la imagen que unos aquí admiramos;
se paró en frente de la masa con el garbo que unta el desparpajo:
nos exigió silencio y trajimos la ausencia del ruido;
nos ordenó hincarnos y curvamos las piernas sobre el suelo
congénere de un venerado ser emergido del inframundo
era él quien disfrutaba de nosotros y no nosotros de él.

Nos sorprendió con ráfagas de balas salidas de su boca,
e hipnotizados retozamos y coreamos su nombre.
Le lanzamos rosas que en sus manos se marchitan
y la amenaza de devastarnos la esencia es latente;
inoculados no logramos digerir aquella hostia,
y el ánima de estas tierras verdes se revuelca poseída
y se hunde en el arsénico fango del invitado…

Él se marcha y aún así ansiábamos que se quedara;
Desdeñoso, sale golpeándonos con sus espinas
y así fue como nació mi aldea… llamada:
“Ocaso”.

Finalista en el III Certamen de Poesía Enrique Pleguezuelo. España 2019.
Gracias a la Institución por mantener viva la memoria del poeta cordobés
¡Que siempre viva el poeta!
Agradecido por tan maravilloso reconocimiento.



lunes, 1 de julio de 2019

El hombre de los mil rostros

    Las gotas de sudor ya recorrían plenamente mi exigido cuerpo, pues los cinco kilómetros de trote que hoy me estaba lanzando estaban casi por terminar, a pesar de los obstáculos que conseguía en cada zancada. Pero, ¿cómo molestarme si ellos tienen los mismos derechos?, es la calle tanto de esos humanos como mía.

    Un panorama pintoresco se reconocía, como ya era costumbre, por las avenidas y calles de Caracas; todo se encontraba congestionado, autos por doquier y gente vociferando cualquier cosa a los cuatro vientos. Aún en mi momento de bloqueo las comprendía, intentaban hacer el ejercicio para liberar su mente, eso suponía, como yo con el trote.

    Eran mis cinco kilómetros de libertad plena, era el momento para mí, era el aire que me pertenecía y podía respirar con anhelos, no obstante, lo compartiese en el asfalto con cientos de miles de extraños. Algunos en la masa de gente me observan y me dan por aludido. Un joven como yo se me acerca en persecución y hostigamiento, se me arrima y me estudia como un bicho raro, y su boca despacha palabras coherentes para los que caminan: «Este, ¿haciendo deporte? ¿Qué tal?, en vez de ponerse a trabajar, que es lo que realmente necesita el país».

   Luego de culminar mi meta de los cinco kilómetros, llegué doblado, con las manos puestas en las rodillas, a la planta baja del edificio donde vivo y comprendí que efectivamente estaba agotado…, el corazón se me iba a salir disparado por la boca, me asusté un poco porque soy muy joven, pero el cansancio aún no derrota al estrés el cual no me pertenece y no soy su único dueño. Respirando profundo e intentando secarme el sudor de la cara, me asomé a través de los barrotes de la residencia, y miles de zapatos y cientos de voces alegraban mi vida como pájaros cantores.

   Ya un poco con el corazón desacelerado veía más consciente hacia la calle y comprendía por qué todos los días soñaba con mis cinco kilómetros de trote, lo cual es lo único que me mantiene con los pies en la tierra; es lo único, allá afuera, que me grita que mi mente no está en la desolación, que nunca jamás, por más que otros se empecinen en aislarme o no comprendan el ejercicio de lo que hago, jamás estaré solo en esta lucha que es menester de todos los días.

    Decidí no tomar el ascensor para seguir en el escape del deporte agotador. Subía las escaleras lentamente y el ruido de las calles de Bello Monte tal vez me causó que el cielo se quedará por un rato sin guacamayas ni loros, pero la agitación en la calles eran canciones que me motivaban a trabajar arduo, sin parar, y si era necesario, sin comer, sin dormir…, porque ahora mismo soy un afortunado en este des-reino. Yo amo lo que hago, aunque a menudo me miren a los ojos como forastero de causas ajenas a mí…

    … En cualquier lugar, porque todos los lugares ya son iguales…; allí, en ese espacio en que te encuentras desvalido, te apuntan con un arma e intentas con horror esquivarla y sudando, asustado como un niño, te despiertas acelerado y chocas con una pared roja que es tu realidad… El estruendoso ruido me ha sacudido y me he sobresaltado de la mesa con un terror de media noche. Han salido volando carpetas y papeles por doquier…; es la puerta de la sala y mi alma vuelve a su sitio cuando veo frente a mí a mis dos hermosos hijos que me emboban, y a mí adorada esposa que me aplaca. Los pequeños se me abalanzan y hacen que la vida valga la pena, y sus carantoñas le proveen valor a la lucha para que en ningún tiempo quede el vaso de la justicia totalmente vacío.

    Mis niños me ayudan a recoger los papeles del suelo; arrodillado, como implorando a Dios, me encuentro con los cruentos recuerdos…, mis dedos sudan llanto al percatarme de que tengo en la mano el viejo expediente de Jesús Mohamed Espinoza Capote, de 18 años... 

    Ya me he duchado y mis niños disfrutan de la siesta; me encuentro de pie frente a la ventana de mi apartamento y manoseo el expediente de Marcelo Crovato «Yare III» y saltan los míseros dolores, pero me repongo al saber que él es esa fuerza del mensaje que yo llevo dentro. Desde lo alto miro la calle iluminada por el sol y puedo notar que ese exterior ya solo lo acompaña el viento que arrastra algunos panfletos que reverberan colecciones de voces y más allá se nota al solitario indigente que busca cómo resolver el día. Dentro de poco las calles quedarán totalmente vacías, el caos por hoy se marchó; ahora, con firmeza positiva, comenzará mi trabajo junto a un valiente grupo de activistas y voluntarios que VIVEN solamente para conocer la paz.

    Y yo, que soñaba con ser músico, compositor, escritor, corredor de maratones..., esa sería mi responsabilidad ciudadana, y veme aquí, sentado a la mesa a mis 49 años, aquí comenzó mi mundo de lucha por familias cuyos seres amados en la cárcel han desaparecido. Manifestantes que regresan de una noche en la prisión con algún hueso roto. Políticos de la oposición detenidos bajo cargos artificiosos, ahora me preparo para enfrentar el mazo de los que creen ser dioses de la justicia, pero la voz de la verdad no la podrán acallar, la fidelidad a una idea siempre prevalecerá...

    Son casi dos décadas de trabajo sin parar y lo innegable es que me siento un hombre dichoso y le doy mil gracias al destino de haberme colocado en este sitial de amor, que un giro del destino sin remordimiento me obsequió.




Alfredo Romero Mendoza es un abogado venezolano, activista de derechos humanos y director ejecutivo de la ONG Foro Penal. Distinción Premio Robert F. Kennedy Human Rights (2017).

Entre 2001 y 2002 fue relator de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia y en 2002 fundó la Asociación Civil Vive (Víctimas Venezolanas de Violaciones a los Derechos Humanos) la cual posteriormente se fusionó con el Foro Penal Venezolano. Ha representado a miles  de víctimas de violación de Derechos Humanos por parte del Gobierno Bolivariano de Hugo Chávez y Nicolás Maduro desde el 11 de abril de 2002.


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viernes, 5 de octubre de 2018

El grito

     Es una madrugada en la que la Luna cobija secretos y el viento silba acurrucado en las montañas. Mis seis hermanos descansan regados por toda la sala y aún no se levantan. Humea la taza de café y sorbo un trago.

   Desde la ventana visibilizo las montañas que con orgullo ondean su libertad entre la niebla. Parsimonioso, camino alrededor del salón, los observo y, en la mudez, les doy las gracias por creer en lo que hacemos…; ellos lo han abandonado todo por un sueño. Como un cuadro al oleo veo a la dulce Andreína acurrucada entre los cálidos brazos de su amor y, con una sonrisa, noto su vientre en el que por ahora vive el futuro.

     Ya se abrió la mañana y con la claridad pudimos observar en la lejanía, a través del empinado y angosto camino de tierra, a centenares de hombres vestidos de uniforme que se venían para encima levantando el polvo.

     Nadie fue desobediente, nadie salió a las calles, por más que grité, por más que gritamos, por más grito que hubo, por más que le pedimos a Dios que los despertará de ese letargo.  

     A unas horas de haberse despertado el grupo, las sólidas paredes de ladrillos ya estaban llenas de orificios y aún seguía salpicando el friso por doquier y vibrando las ventanas que fotografiaban los agazapados movimientos de los árboles heridos.

  Transcurría la mañana, los que creían en nosotros, los indiferentes y los que no creían permanecieron haciendo lo mismo de todos los días: comprar la caridad, aferrarse a la esperanza, permanecer  en la fila de la humillación, subsistir detrás de sus tableros, seguir con los brazos cruzados, esconder el miedo en un teléfono, bloquear el “¡sí se puede!” de su mente.

     Todos los buenos de afuera le corrían a la historia, a pesar de estar del lado correcto de Dios. Yo no era nadie para culparlos, todos querían estar vivos, nadie quería estar bajo tierra, preferían estar vivos, no importa cómo, pero vivos.

     En una alternancia de tiempos una onda expansiva me creó confusión. Entre voces y ruidos me vi tirado boca arriba en el suelo, el piso vibraba y el techo, a dos aguas, ya no existía. Aturdido, en mis órbitas resaltan entre los escombros una motocicleta, ollas regadas a lo largo del suelo y uno de mis hermanos yace tendido a mi lado. Escucho los quejidos de Andreína y pienso en el llanto de su bebé que no saldrá de ese vientre para conocer el Sol, la Luna y la Libertad.

     Entre los nubarrones del pensamiento me aferré a mis tres estrellas, esas que me hacían risueño, esas a las que até mis cordones de lucha… y me dejé llevar con ellas a cantarles una canción y colmarlos de amor y mientras exhalaba mi último aliento…  el centinela, que había pernoctado con la Luna, con su fría mirada estaba dispuesto a entregar su trofeo; me acercó a la frente el gélido metal y en un chasquido me fui…



El 15 de enero de 2018, Óscar Pérez, junto con otros seis compañeros de lucha, fueron ejecutados por cuerpos de seguridad del Estado venezolano, pese a su voluntad expresa de rendición. 

Abraham Lugo Ramos
Jairo Lugo Ramos 
Abraham Israel Agostini
José Alejandro Díaz Pimentel
Daniel Soto Torres
Lisbeth Andreína Ramírez Montilla




Minutos antes de ser asesinado estas fueron sus palabras:

"Le quiero pedir a Venezuela que no desfallezca, que luchen, que salgan a las calles. Ya es hora de que seamos libres y solo ustedes tienen el poder ahora. Los amo con toda el alma, con todo el corazón".


 Ficción Histórica

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miércoles, 4 de abril de 2018

Operación Gedeón


Amanecía en el gorjear de la montaña.
El verde era testigo de lo que vendría.
El cielo se vestía con el olor a traición.
Mis retoños dormían en las alas de la inocencia.
Mi mujer velaba mi esperanza
y mi ma se cobijaba en la bondad.




Toda la vida atiborré mis maletas de fe.
Nunca codicié estar en la senda del héroe,
pero la convicción de vida me tocó la puerta
y la providencia me presentó la esperanza.




Comenzó a sentirse el ruido
por el paso angosto y empinado,
metal y botas corrían por el premio.
El polvo de los caminos llegaría al cielo,
avisaría el expirar de la vida
y prometí no llorar
porque ellos no lo valían.



Vino el desigual combate.
Ninguna lucha es ventajosa o pareja
cuando se trata de la libertad.
Rendirse no era de cobardes;
era de aferrarse a la vida para continuar,
pero el mayor bastardo no lo permitiría.






Miré un araguaney a la distancia
y glorifiqué dentro de mí
todo lo que significa la libertad:



Somos nacionalistas, idealistas
que juramos ante Dios defender la vida.
Estamos infectados de democracia;
somos unos patriotas que soñamos
cambiar el rumbo de la vida, pero…
vino el combate y nos agarró en la huída.




El 15 de enero de 2018, Óscar Pérez, junto a otros seis compañeros de lucha, fueron ejecutados por cuerpos de seguridad del estado venezolano, pese a su voluntad expresa de rendición. 
Minutos antes de ser asesinado estas fueron sus palabras:

"Le quiero pedir a Venezuela que no desfallezca, que luchen, que salgan a las calles. Ya es hora de que seamos libres y solo ustedes tienen el poder ahora. Los amo con toda el alma, con todo el corazón".


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domingo, 18 de marzo de 2018

Guerrero poderoso

La vida me brinda un umbral de recuerdos;
todos tenemos los días contados…
tal vez alguien nos perpetúe un minuto
o nos haga olvido en un segundo de respiro.


Risueño como un niño bajo el vasto cielo azul,
en un silbido del alma sobrevolé las nubes
luego de un combate de mi corazón con el mío.

Solo cargué con mi espada y…
me abrigué en la tela de la redención.
Volé como un gavilán corredor de sabanas
y pude reconocer en la ciudad, que un día fue viva,
que ya no latía, y el Sol y la Luna; ya no reían.


Mi corazón se agitaba en la turbulencia
y la brisa de mis hijos se hundía en mi carne.
Miré abajo y noté los comederos en el concreto,
y en mi pecho un río crecido abrazó la tempestad
y entonces
reventó la templanza como una soga de dolor.


Partí a la cita para no encontrar la duda.
En el oleaje del viento y la esperanza pasajera
tuve que escribirle en mi pecho a esa mujer morena
que le ofrecía mi vida entre flores de cayenas
si me dejaba encontrar nacientes en ese estero.


Techos abajo fecundan un abismo 
antojo del Carnicero…
vil que esconde su sombra detrás de la madrugada,
toca melodías de amenazador tableteo
que a todos asusta.
Pues el Carnicero duerme
sobre las esquelas mortuorias.


Yo amo tanto a esa morena, que a plena tarde…
le bajaría una estrella y le haría sombra con la Luna,
y en un rocío de luz le inventaría caricias de amor.
Y entre caracolas de violines,
los que marchamos allá abajo…
no importa la frontera si es adentro o afuera
no dejaríamos un segundo de soñar con ella.



El 27 de junio de 2017, Óscar Pérez, Inspector del CICPC, miembro de la Brigada de Acciones Especiales (BAE) y Jefe de Operaciones Aéreas, sobrevoló las instalaciones del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, acogiéndose al artículo 350 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela

Artículo 350: El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos.

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domingo, 28 de mayo de 2017

¿Dónde están los lentes de Pedro?

     Apretaba los lentes con poderío, no dejaría que nada les pasará, se lo había prometido a mamá, pero sentía que una fuerza arrolladora sobre mi humanidad me robaba el último aliento…

     Me despegué del piso como un ave siendo libre y con una paz llegué hasta aquella habitación. Me encontré con el montón de niños que me acompañaban en la soledad que la vida me había dispuesto y, entre palabrerías, ruidos, juegos infantiles, allí estaba yo una vez más sentado sobre mis pequeñas nalgas y jugando con unos soldaditos de plástico que me había entregado una de las amables señoras del lugar.


     Todo el cuarto estaba pintado de blanco, las matronas que nos cuidaban corrían de un lado a otro, las teníamos como locas, pero yo me concentraba en el encuadre de mi fantasioso juego, pues esos soldaditos tenían unos carritos que usaba para combatir a unos hombres malos. Me sentía feliz y seguro de que era yo quien les ordenaba con mis manos proteger a las señoras y a la pila de niños que jugaban allí.

    Una de las cuidadoras  salió de la habitación, dejó entreabierta la puerta y entonces pude escuchar a la distancia, una melodiosa voz que atrapaba mi pequeño cuerpo y le iba a dar destino a mi extraviada vida. 

     Logré, con los soldaditos que eran buenos, poner el orden en esa batalla campal, derrotar a los hombres malos, y me sentí contento. Tambaleando, me puse de pie, fui corriendo hasta la puerta; salí como quien escapa hacia la libertad. En ese momento me intenta detener una de las guardianas y me pude escabullir, le tomé fuertemente la mano a la mujer que hablaba con ella y le dije: “Eres mi mamá”. Muy tiernamente me levantó y me protegió entre su pecho como un ángel,  en ese instante supe que mi corazón iba estar seguro en los brazos del verdadero amor.

     Respiro, siento mis labios secos. Respiro, tengo hambre. Respiro, ¿mis lentes?,  y entro en un túnel ocupado por la neblina y en la distancia está la voz que amo y dulcemente sus palabras rozan mi alma que no quiere irse: "Mi corazón, levántate. Fotógrafo, la fotografía te espera, Pedro". Moví mis labios y, aún habitando en la miopía, pude tomar la mejor fotografía de mi vida que fue ver el rostro de mi madre regalándome una inmensa sonrisa.



El 3 de mayo de 2017, Pedro Yaminne de 22 años fue arrollado 2 veces por una tanqueta de la Guardia Nacional Bolivariana, llegó a Emergencias con un brazo, 7 costillas y los 2 omoplatos fracturados; además de los pulmones colapsados,  empuñando sus lentes como se lo prometió a su mamá.

Ficción histórica
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martes, 9 de mayo de 2017

Amarillo, Azul y Rojo

Amarillo

Matasiete

     Todos le clavaban la mirada; diferentes emociones se colaban por aquellas miles de almas. Ella decidió esa mañana montarse sobre la calzada con sus viejas botas deportivas, su jean y su franela blanca. Su hija le rogó que no actuará con la rebeldía de una adolescente y ella, sin importarle el comentario, salió de su apartamento bien temprano.

     Llegó a la autopista en horas de la mañana y plantó sus pies sobre el asfalto; de allí estaba segura de que nadie la sacaría. Llevaba una botella de agua mineral, una pañoleta amarilla, una pequeña bandera tricolor y su cédula que la identificaba como natural residente bajo ese esplendoroso cielo.

     Ya tenía horas en la caminata. Sus arrugas atrapaban el caudaloso sudor que caía por la frente; sus cansadas piernas, con empuje, animaban a sus pies, entre palmadas y gritos de la juventud, ella levantaba los pecosos brazos en un movimiento emancipador, su fuerza de espíritu se convirtió en la motivación para que muchos cuarentones y cansados jóvenes no se tomaran un descanso y continuaran en la travesía.

     Un hombre, montado en una de las defensas de la autopista, la vio y le gritó con admiración: “¡Abuela, ¿de dónde saca tanta energía?!”. Él, en secreto, pensó: debe ser mucho más joven de lo que se muestra. Ella le respondió con vigor: “¡De mis genes que vienen de la Matasiete!”.

     Era una campaña admirable en la que miles y miles de ciudadanos avanzaban por los ocho canales de la pista, exigiendo ser escuchados… Ya, de lejos, una neblina se nos aproximaba y se sentía el ardor sobre los ojos. Los cánticos de libertad habían cesado y la confusión, entre detonaciones, gritos y llanto, llegó para pretender arrebatarnos nuestra esperanza.

     Aquella insubordinada anciana, entre la multitud, 
se me había perdido de vista; estiro la mirada y observo a la distancia unos camiones gigantes que formaban una barrera para bloquear el paso y cuando iba a recular por los miedos del cuerpo me vino a la mente la valiente Matasiete, por lo que decidí avanzar con ferocidad para no concederle a mis temores arrebatarme el último reducto y así no permitir encarcelar la libertad.
 


Azul

En el sofá

     Ya el silencio está en calma por ahora, pero fue un día duro bajo el cielo azul. Varios guerreros de luz fueron capturados por las manos de la crueldad; otros untaron sus ropas de sangre en aras de la libertad y le llegó el turno a algunos amigos para ir a descansar. Mañana será otro día de batalla. Sentado aquí, en el medio de lo que parece la nada, sin techo ni paredes, con solo el viento que traen las calles de la noche, medito sobre lo que es mi corta vida. 

     Llevo en esto varios días, en contra de la voluntad de mis padres que se resisten a mi insurgencia de joven. Muchos piensan que estoy aquí por dármelas de héroe o porque no tengo nada más que hacer con mi vida y me gustaría decirles a la cara que también hago esto por ellos; que, tal vez, algunos en este momento están viendo un programa de televisión, preparando su cena, o abrazando a su hija pequeña como si no la fueran a volver a ver… Bueno, disfrútela bien, señor o señora, porque si este grupo de soldados de franela es derrotado en esta lucha, la perderán como se pierde un barco a la deriva.

     ¿Creen que no me preocupa mi futuro? Pues claro que sí. Deseo graduarme en la universidad como cualquiera de mis compañeros, pero qué va importar un  título si realmente me lo van a dar por no pensar. Extraño las reuniones con mi familia, extraño la escapada a la playa con los panas… Extraño a mi novia; extraño pasear con ella, agarrados de la mano, por los parques. Extraño ir a las rumbas donde todos los panitas hablan un poquito de paja.


     Sentado aquí, en este duro asfalto, arranco a extrañar el sofá de mi casa; consigo respirar ese miedo que me abarca, pero las estrellas le piden a mi voluntad que aguante, porque hay un mejor venir. Me tocó esto y alguien tiene que hacerse cargo de poner las cosas en su lugar, y nosotros, los jóvenes guerreros en cada rincón del país, decidimos afrontar con nuestra vida la libertad de 30 millones de venezolanos.



Rojo

Boina


     Las botas esta mañana se fueron bien lustradas y a esta hora de la noche se encuentran tiradas, cagadas de cualquier inmundicia en el medio de la sala. Sentado cómodamente en el sofá, con las piernas bien estiradas, vestido con su pantalón verde y una franela blanca le da un sorbo a una cerveza helada, y con el control remoto en la otra mano le sube el volumen a la televisión. Le protesta a su esposa:
—¡Mujer, ¿dónde coño están los carajitos que no han venido a saludar a su papá?!

—La niña está durmiendo y Mitchell jugando con los amiguitos de la cuadra.
—¡Es que tú vives en otro planeta, que no sabes lo que pasa…!
—No querrás que lo deje aquí, encerrado todo el día como un prisionero de guerra.

     Él se quita las medias negras que aún lleva puestas y se las lanza, ella guarda silencio mientras sigue amasando la harina con la que hará las arepas para la cena.
—Hoy fue un día muy duro, mujer; hay presión por todos lados, llego aquí, donde se supone que hay tranquilidad, y resulta que los muchachos están en lo que les da la gana, y la cena aún sin servir.
—¿Puedes bajar el volumen a esa cosa, que no logro escucharte…?
—¡Ahora sí me jodí!; no me basta que en las calles todo el mundo quiera darme órdenes y no respeten este uniforme para que tú también…

—¡Coño, ¿qué fue eso, Vladimir?!
—¿Qué fue qué?, mujer; es la televisión.
—Escucha, escucha…, esos son disparos…, y la gente gritando atrás.
     Ella, muy nerviosa, deja lo que está haciendo y se asoma por la ventana, él apaga la televisión y busca la guerrera para ponérsela, la había puesto sobre la silla del comedor. Tocan la puerta bruscamente y Vladimir se saca la pistola del cinto y pregunta:
—¿Quién es?
     Ella, todavía nerviosa, le ruega:
—¡No abras, Vladimir!, que vienen por ti.
—Mi comandante, soy  yo, Néstor…

     Vladimir abre la puerta con pistola en mano y Néstor viene acompañado de otros funcionarios.
—Señor, hay malas noticias…
—Habla, ¿Cuál es la novedad? ¡Habla, carajo!
—Señor, subimos buscando a unos jóvenes que se hacen llamar guerreros de la libertad y creo que uno de los nuestros mato a uno…
—¡Vamos. Vamos a ver a esa lacra!
     Salieron corriendo al sitio de los hechos y la esposa de Vladimir, en silencio sepulcral, los siguió y sin saberlo por sus ojos rodaban lágrimas de madre.

     El rojo había gorgoteado por toda la callejuela y ya tenían al chico cubierto con una sábana blanca. El grupo se aproximó y el comandante se ajusta la boina y ordena:
 —¡Quítale la sábana a ese terrorista!

     Cuando lo descubren, Vladimir y su esposa quedan petrificados. Ella salta a rogarle al destino que quien yace ahí… no es su hijo Mitchell.

Todas las imágenes usadas en esta entrada fueron tomadas de la web
Las caricaturas e ilustración pertenecen a Rayma Suprani @raymacaricatura y Marcos Paredes @m_endemia


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