Cuando hoy salí de casa, le di
un beso en la frente a mi madre y ella intuyó en sus afectos, que no
regresaría.
Enganchado a los fríos barrotes
como un arrapiezo asustado, contemplo al mítico tiempo huyendo de mí.
Con una lista escrita con mala
letra, anunciaban en el patio del pabellón; que yo; ¡Ya no existía!
El arma cerca de mi boca gritaba: "¡todo será
rápido!", y yo le creí.
Polvoriento el camino, el hombre va detrás de mí y me
empuja, de rodillas caigo al cielo, no sentí el soplo de mi sangre bañando el
barranco.
Siguen volando las moscas sobre
mi cabeza, sus aspas celebran creyendo que ya estoy muerto.
"¡Lo mataron!", gritó uno por allá y se acercó otro
y preguntó: "¿Por qué?". Estaba armado aseguró la ley: "Tenía un
lápiz...".
Yo no llamé a la muerte pero
ella vino, y la deslenguada me pidió disculpas por no llegar antes.
Venía por mí, flotaba sobre el piso, estaba muy elegante con
su sombrero y su capa negra y, afuera nos esperaba su oscura carroza...
No te asustes que no es tu
puerta la que tocan, ¡pero tranquilo!, nadie se salva, lo indivisible nos toca.




