sábado, 25 de junio de 2011

Reclusión

Envuelto laxamente en una túnica almagra con claves de olor a metal
bebo el humor del ruego a través de las estrechas puertas de las cavidades
y me asomo agitado a la buhardilla que babosea el vértice en el suelo
para captar en esa autopista el ultrasonido perpetuo y pulsátil
de los alunados aullidos, asidos a sinfonías, que se propagan a la intemperie
y cruzan el endémico pasillo de mi pusilánime y anoréxica cáscara.
Atiendo a sus desesperadas voces en un raudo reflejo animal
y como un insepulto perro silente agoto en la ausencia el ladrar
esperando, tan solo deseando el vistazo falaz del tiempo.
Cuando te atrapa la resonancia del ignorado secreto
descubres lo frágil que es ese lesivo puño musculoso.
Si pronuncio lo que pienso soy un avanzado vanidoso del reino;
si en este juego extravío lo que era, dejo de ser la auténtica evolución.
Asomado en lo alto rozando el tejado inhalo profundo hasta el mar
y en el cristalino barco le cuelgo pasajeros fugados en el viento
para que los lleve a salvo redimiendo la fe del mundanal exterior;
tal vez eso calme con algunas saladas gotas su trágica angustia
y le expreso en ese límpido bajel:                      
La ilación del cordero de los amores no es más que un turbio sofisma,
simplemente irrumpen coloridas mariposas que vuelan jugueteando
entre el jugoso estómago y el clandestino puño del corazón.
Antes de taponar la entrada de aire y luz al recinto,
le garabateo: ¡Anda tranquila!...
en la búsqueda más escondida, ¡pues yo estaré bien!

Poemario: "Como un martelado adéfago"
Publicado en Revista Archivos del Sur.

lunes, 20 de junio de 2011

El regreso de Marie Anne

Las desvencijadas suelas de sus zapatos denuncian el golpeteo deslizado por sus rígidas venas, engendrado por las incontables estaciones, ellos besan con pesadez la desmenuzable tierra indomable. Alberto, sin extraviar una sola fecha del calendario, envuelto en mil destellos con los primeros rayos pasea junto a las golondrinas por el famoso parque “Las cuatro estaciones”. Su giboso cuerpo anida extenuado de hospedarse en el ayer, pero su psique, se regocija en la retentiva de saberse vivo en el colorido aroma que Marie Anne ha diseminado entre los frondosos árboles y la explosión de los delicados capullos que durante nutrido trecho habían sido cómplices de sus pueriles y traviesos sentimientos.
A pesar de evocar los vivaces recuerdos en cada rincón cuando la claridad es verde, percibe el parque con dimensiones reducidas y, la nostalgia avisa de que escasean los espectadores de madera, esos que siempre desde lo sublime a hurtadillas los espiaban y, los pilotaban a través de sus enigmáticas gargantas, arrastrándolos a misteriosos parajes de corte imperial. En esos anales, se sumergían en carantoñas desflorando el día y entre el reconfortante clima terminaban al final de la tarde disfrutando el reflejo rojizo de ese manto resplandor y acompañaban a la sombra que religiosamente ya se había instalado en su lugar. Tres kilómetros para llevarla a su casa, tres kilómetros de lienzo azul profundo, tres kilómetros de cementadas calles, tres kilómetros de escondrijos, él desearía que esos tres mil metros se eternizaran hasta los mares oscuros de la luna, para perpetuar su mano sobre la suya y, así el beso lumínico de los solitarios faroles junto a la custodia de las piedras silenciosas, les solfearían sus memorias guardadas en historias, mientras él, no pararía de inventarle a su princesa cucamonas.
Se echó un andar por el engranaje del tiempo, persuadido por sus congruentes pasos, ese remoto pasaje era una galería de troncos y hojas, donde la estación enamoraba a los cerezos en flor. Cuando parió la primavera; pudo distinguir cientos de colores en las sombras, cientos de colores que le emboban, cientos de colores que entre las copas se asoman. Ella hacía del silencio una gema salvaje. Antojaba empaparse bajo las naguas de la lluvia; su cabello olía a néctar de romero, sus orejas a miel de jengibre, su boca a menta de hinojo, su cuello a jabón de tomillo y sus manos a piña de pino… esa tez desprendía, la acrisolada fragancia de la tierra húmeda. Se zambullía en invisibles oleos de irisados reflejos que inundaban sus pupilas mimosas, ¡entonces él!, le recetaba cascadas de flores para embriagar el alma de la vista, eran unos espectadores privilegiados y le presentaban gratitud al día por resurgir a tiempo. Torna al presente, discreto curva los labios para echar un vistazo de forma oblicua, cerciorándose una vez más que no sigue a su lado porque el lujoso tiempo se la ha robado.
Esta mañana en pleno transitar por el parque, Alberto saca de su bolsillo la plegada carta, lacrada con tildes de lágrimas, en la que con letra convulsiva le escribió Marie Anne: “… ¡Por favor!, espérame junto al fascinante árbol de cerezos donde desnudaste cada uno de mis más íntimos secretos, excepto el más importante de nuestro devenir; ¡perdóname por no haberte confesado mis sospechas!, pues mi engreído padre tenía dispuesto alejarme de tu alma que era la que lactaba mi puñado de segundos. ¡Fue horrible!, ese día al perderte se me derrumbó el mundo… me sacó a la fuerza del terruño a la alborada siguiente y jamás volví a sentir la caricia de la luz…”.
La misiva disfrutaba de una semana de retraso, lo cual no impidió que sus emociones se aceleraran… Se acerca a la luz de su presencia; el almizcle de aquellas suaves manos continuaba fresco en ese blanco papel como un amanecer de lirios que van poblando el campo con millares de campanas. ¡Es el gran día!, ¡está ansioso!, se peina el cromado cabello, se estira las orillas de los ojos, ejercita la boca y tantea doblegar infructuosamente la curvatura de su exigua figura. Muy preocupado por su apariencia, subraya para sus adentros: “A pesar de todo no parece haber pasado el tiempo en está larga peregrinación”. Luego sonríe como burlándose del penador de los vientos del tiempo; ya son 72 otoños a cuestas y se cree hoy un mozuelo de 20 años luz, como esa real mañana cuando se esfumó Marie Anne de su vida.
Le sorprenden en ese ensimismamiento un par de pimpollos que se le aproximan por detrás, y uno de ellos sin timbre definido pero con voz fresca le comunica: “Marie Anne ha llegado al pueblo y todos allá están muy tristes”. Y como en un ensayo de voces blancas, al unísono le dicen: “Nos han mandado a avisarle… don Alberto”. Permanece reflexivo en la duda de lo que era un encuentro secreto…, mientras los chicos revoloteando se alejan, sincrónicamente doblan las campanadas en el pueblo, entonces, como si despertase de un sueño exclama preguntando:
— ¿¡Y cuál es su tristeza!?
— ¡Marie Anne está muerta! —Empapado en la inocencia, contesta uno de ellos. Y así se desbandan para continuar niñeando…
Irreflexivamente el lugar evoluciona en una devoradora montaña de punzantes cristales de dolor. El espacio se bifurca, hay menos verde por doquier, la estación que corre es la de las hojas secas; Alberto, al caminar entre ellas, las hace crujir; siente el desprender de las hojas caducas como un aguacero ocre, el efecto cala cada cisura de la superficie, ahora es vulnerable a cualquier legación de la naturaleza… fue una pincelada rotunda… En el parque, los luminosos matices primaverales sufren un trombo en plena faz y la fugacidad de la belleza se guarda en el melancólico silencio del libro del tiempo. 
Audio hecho por CreaHistorias



jueves, 16 de junio de 2011

Nirvana

En el filo de tus suaves besos
vagabundeo descalzo por los bordes
inundados de carnosos bosques
que un día en nuestros sueños florecieron.
Deambulo sin creerlo, ¡y al verlo!...,
doy una galopada para buscarte y darte
la esmeralda que ya no vemos…,
la poesía del lejano verde…
Y llego adonde te dejé sentada
y el basal de mi corazón rebota,
ya no estás: ¡Eres un árbol!,
eres un símbolo de la vida
eres abono, eres savia,
eres raíces y pezones en estampida.
Mi alma no se despeña, sino se vigoriza
y te abres en el firmamento como brotes
para llegar al Sol.
Le doy gracias al cielo
por tú estar allí
y mojarme en un beso los pies.

Poemario: "Como un amartelado adéfago". 
Publicado en Palabras Diversas.
Recitado en el programa radial Una Noche Inolvidable. 

miércoles, 8 de junio de 2011

El secreto

Entre sábanas de espinas adereza un turbulento sueño, el despertar se ahuyenta procreando un calvario eterno para deambular en el juzgado donde el tribunal de la conciencia dicta la sentencia. No es consciente en ser una de las pocas en la esfera del planeta que posee una inclinación no habitual con un comportamiento extravagante. ¡A pesar de aquel funesto acontecimiento!, ella conserva infinidad de amistades, voluntades a su alrededor, compañías complacientes, simpatías cosechadas a través del tiempo en tertulias y celebraciones de cualquier protocolar evento, pero sólo con una inseparable amiga comparte su misterio, pues habitan en lo reservado participando y disfrutando de lo oculto.
Todas las mañanas su esposo se despide tiernamente con un beso sobre su suave y blanca mejilla, él anhela en lo más hondo de su corazón que regrese el ayer, trayendo de vuelta el baúl contenedor de sus alegrías. Se inventa la dormida ante el masculino ósculo y prosigue en el laberinto de su abismo. Ella abandonó sus lucidas actividades en las pasarelas hace aproximadamente dos años y, se enclaustró en una persistente depresión debido a un lamentable accidente que alteró el orden natural de su existencia. ¡No hay un día!, al despertarse, que no deambule ese suceso por las arterias de su trastornada mente… Luego de un refrescante baño, salió muy contenta de la tina hablándole a su vientre y, en el juego de la vida, dio el paso fatal… ¡resbaló y cayó cuan larga es!… En el piso rebotó la savia que subsistía dentro de su cuerpo, resultando en la lamentable pérdida del prematuro feto.
  Asistió horas y horas a terapia; son incontables las sesiones a las que acudió junto con su pareja y, en los últimos tiempos, su mejor amiga era la que la acompañaba para brindarle su incondicional apoyo. En unos meses todos a su alrededor se sorprendieron por su resuelta mejoría. Gimnasio, regímenes alimentarios, estudios, son algunos de los sustantivos que le acompañaron en esa época. Los resultados positivos hicieron muy felices a su cónyuge y a la indivisible familia; él la llevaba a disfrutar de alguna obra de teatro festejando cada ocasión y ella compartía con el resto de sus allegados las reuniones cotidianas. Paulatinamente, y sin nadie percatarse, dejó de frecuentar a la gente, pero esa actitud no preocupaba, pues continuaba llevando a cabo brillantemente las funciones de ama de casa.
Una de las peticiones que le hizo a sus parientes, respaldada abiertamente por su psicólogo, era conservar intacto el decorado del cuarto del frustrado bebé; al ruego le secundaban otras condiciones, entre ellas: ¡Absolutamente nadie!, ni siquiera su consorte, por ningún motivo volvería a entrar en ese recinto y, como era una solicitud acorde con la situación, se notó normal aceptarla por el momento y solemnemente el grupo familiar juró cumplir la promesa. Ella intuía que él sospechaba de su alejamiento, y se hacía el indiferente o lograba entenderla sin decirlo.
Sólo era cuestión de horas en el transcurrir del día para que ella tomara el teléfono y llamará a su amiga que, en solidaridad, se había mudado frente a su apartamento. Ésta respondía enseguida a la cita, nunca tenía una excusa, siempre estaba dispuesta.
Rosa le ofrece una taza de té negro a la inseparable, y entre esa infusión milenaria transitan las medias horas charlando hasta que la invitada, con una mirada sagaz, le indica que es buen momento para hacer otras cosas. En ese instante del acuerdo repica el teléfono y Rosa atiende creyendo que es su esposo; y del otro lado la sorprende una aguda voz, pero avivadamente consume la calma: “¡Rosa, no cuelgues!, ha sido una locura lo que he hecho y estoy arrepentido…”. La que escucha, calmosa se sienta y elabora señas a la acompañante para que no desespere:
— ¡Por favor!, recapacita Rosa. Todos estos meses han servido para que yo lo haga. Todavía hay tiempo para cumplir las leyes, no sólo las de nosotros, ¡sino también las de Dios…! 
         Ella, salpicada con el polvo de la indiferencia le cuelga el aparato a su salvador, se levanta del mueble y su amiga, con una sonrisa suspicaz, profiere: “El de siempre… ¡Tu eterno EX!”. Rosa, con sutileza, toma del brazo a la convidada y le asegura: “Yo siempre le aconsejé que no estudiara medicina. ¡Y menos que se convirtiera en un afamado tocólogo!”. Las dos carcajean mientras caminan en dirección al estudio del consorte, quien casi nunca lo utiliza y se presta para improvisar travesuras.
Llegan al despacho y Rosa se acerca al escritorio; de una de las gavetas saca un cofrecito de color ocre y lo coloca sobre el mueble. Su compañera, tumbada en el sofá deja al descubierto sus largas piernas, la observa pícaramente y en un gesto expresivo le muestra sus inmaculados dientes. Rosa abre el arca y extrae un pequeño objeto, mira con disimulo a la amiga y curva los bermejos labios. 
Rosa comienza a pormenorizar ese pequeño cuerpecito como sí no se cansara de verlo siempre, pero se ha convertido en un ritual en que ambas participan. Continúa detallando esa figura inerte y pasea los ojos por cada una de sus partes: su boquilla, sus curvas, su alargada morfología, su receptáculo... Entonces su amiga origina un chasquido con los dedos para volverla en sí y, con su delicada mano, le enseña la picadura; Rosa la toma y la deposita en la cazoleta, con elegancia introduce la boquilla en su boca y con delicia aspira; su amiga, en la mudez de la mímica, con sus finas manos le indica que no está encendida aún y Rosa le solicita: “¡Haz el honor de prenderla!”.
Transcurren más medias horas, y el humo con la complicidad del aroma se apodera de la estancia. Limpian la cazoleta de restos cenizosos y ahora le colocan tabaco fresco. Rosa le recuerda a su amiga que es hora de visitar al angelito y, de inmediato, emocionadas se disparan rumbo a la escudada habitación; entran en esa geografía donde el olor es profundo y el decorado azul cielo es perfecto y limpio. Empiezan a susurrar, ¡el siseo predomina!, toman un trencito del piso y lo llevan hasta la cuna donde sobrevuelan móviles de diferentes formas y colores.
En un cosquilleo de felicidad, Rosa exhibe sus relucientes dientes, le entrega el juguete a la amiga y del fondo de la cuna saca del desamparo un mini cuerpecito de seis meses, diestramente disecado, y con una apariencia tétricamente real. En un ritual de sosiego y afectividad, emprenden a cantarle una canción de cuna y el feto inanimado parece que esbozase una sonrisa. De pronto, Rosa reacciona ante la hora, piensa que su marido está por llegar y si la descubriera fumando con la antigua pipa de su bisabuelo se armaría el gran rollo, ya que esa cachimba es sagrada... sin usar y, si llegara a utilizarse se forjaría un pacto con el mal. Ella remeda lo que asegura su esposo: “¡Los vicios son de hombres débiles!”.
Con supremo cuidado planta el bebé en la cuna, lo envuelve en un sudario de lino y abandonan el dormitorio pasando el doble cerrojo. Ya han disfrutado hoy del tabaco hasta el cansancio, tanto que la humareda casi charla con ellas y les confecciona trajes nuevos; la dueña de la casa escolta a su amiga hasta la puerta y le obsequia un beso de despedida.
Rosa principia a rociar ambientador de fresa por toda la casa y hasta por su ropa lo esparce. Saca un pescado que tenía en el refrigerador y lo coloca en el fregadero. El humo huye o se esconde, ¡no lo descifra Rosa!, lo que sí sabe es que regresará mañana con su olor, nubes y formas que serán nuevas para ella.

Selección de Cuentos: "Paredes Contiguas".
 Publicado en Trabalibros. Red de libros, libros en red.


martes, 7 de junio de 2011

Instinto

Por un cierzo acariciante tejido en la cadencia de tus manos
me despojaría de lo indisoluble hasta helar mis blanquecinos huesos.
Por un breve roce de los bermejos y jugosos labios de tu hechura
desgarraría mis pliegues carnosos en ese sublime instante fugaz.
Por demostrar mis rendidos anhelos cincelados en febriles afectos
me encadenaría al hado de los sucesos sin afrentar a mi carcelero.
Por atrapar las voces en el vicioso nimbo del acertijo de lo cierto
cruzaría cualquier camino despintado por un mortuorio desierto.
Por sentir tu natural arrullo como agua de río calando mi piel
despertaría perfectas quimeras vomitando amor libre entre tú… ¡y yo!
Con la sustancia respirando néctares fuera de los bordes de la médula
te escribiría… Caminemos!,
junto a la existencia de los apetitos furtivos.

Poemario: "Como un amartelado adégafo".
Publicado en Letras Macondo y Palabras Diversas.
Recitado en el programa radial Una Noche Inolvidable.

Reconocimiento amoroso

No hay mejor luna en la negrura que tu día
No hay mejor pintura en mi retina que tus líneas
No hay mejor forma para caminar que a tu lado
No hay mejor quietud para mi psiquis que tu eco
No hay mejor estrella sobre mi vida que tu mirada
No hay mejor canción para mis oídos que tu risa
No hay mejor hablar sin palabras si no es contigo
No hay mejor paseo en los bosques sin estrechar tu mano
No hay mejor anillo para mi mundo que tus brazos
No hay mejor roce sobre mi carne que tus caricias
No hay mejor abrigo para el frío que tu cuerpo
No hay mejor paraje para recostar mi sueño que tu regazo
No hay mejor fantasía en el reposo sin tu aliento
No hay mejor resuello en mi corazón que tu querer
No hay mejor topografía en mi alma sin tu amor.


Poemario: "Como un amartelado adéfago".
Publicado en: Trabalibros,  Una  noche inolvidable y ¡BOHERASE. 

miércoles, 1 de junio de 2011

Mi último viaje

X Premio Internacional de Cuentos Carmen Báez.
México 2003 
            ... Sólo cuando empecé con mi temblorosa y sudorosa mano a recorrer el camino de escribirle la carta a la mujer que me parió, clavando las pupilas sobre el blanco papel fue cuando pude reflexionar o desandar todo lo concerniente a los últimos pasos de mi gran viaje...
          ... Sentado en la cama, tomaba el vacío del pensamiento girando alrededor de mi penosa vida. El cuarto era un dédalo tan inmenso que las salidas y las entradas parecían no existir. De pronto, sonó el teléfono y esa llamada abrazaba la risa del fuego del infierno. No importaba lo que del otro lado me dijeran, lo cierto es que despertaba el hambre sentada a la oportunidad ligera de un hombre en su laberinto. Mientras conversaba y sostenía el auricular con el hombro, estiré el brazo hacia la limitada biblioteca que poseía, halé un libro y miré las grandes letras en su portada anunciando el contenido: El extranjero. Batí sus hojas como en un juego de naipes, echándole una ojeada pero sin leerlo realmente.
             De acuerdo con la llamada recibida,  ya me quedaban ocho horas para seguir en mi oscura habitación en mi resplandeciente Namibia; pronto saldría hacia el aeropuerto desde donde años atrás realicé mi primer viaje, mi primer gran trabajo, mi primera gran emoción. Hoy deseo que éste sea el último encargo y el principio de una tranquila jubilación. Continúo anclado en el dormitorio y el recuerdo más bello que permanece en mi mente es el de mi pequeño Víctor. Ayer jugamos en el parque como nunca lo habíamos hecho, ¡siempre parece ser nunca! No pensé que ya lanzara la pelota tan lejos y me sorprendía, minuto a minuto, con cada cosa suya; su angelical caminar sobre la grama, su alegre sonrisa en el seno del columpio, su lejano mirar en lo alto del tobogán, sus manos abrazando el engendrar de un querer tantas cosas…, hasta su forma de hablar me maravillaba y la efervescencia infiltrando mi ser era única. Seis años se comprimieron en unas pocas horas y entre hombres fuertes nunca se escribe “te quiero”; siempre querrás haberlo dicho aunque sea en el susurro de la noche, perpetuamente odiarás esa sentencia.
            Sobre el viejo colchón tintineaba el metal golpeando el metal, como chorros de aguas blancas. Parsimoniosamente contaba el dinero que llevaría, me levanté de la cama y busqué un sobre en la gaveta de la mesita de noche, en el cual le dejaría a mi madre unos cuantos rand y una nota: “Para mi amada madre, que es el más preciado diamante de mi Namibia”.
            Cuán lejos está la soledad para un hombre y cuán rápido uno puede alcanzar la incomunicación absoluta; ella está allí, no tiene prisa, siempre espera a la zaga o al principio. ¡Es muy extraño!, tantos viajes realizados a lugares remotos: Egipto, EE. UU., Honduras, Canadá, México, Colombia, Italia... ¡mejor paro de contar!, ya que no me daría tiempo de vagar por los apasionantes incidentes ocurridos en esas localidades visitadas y este periplo pareciera ser el más importante que haré. Evoco aquella aventura en Portugal, esa ciudad tan maravillosa de Oporto: ¡qué vinos!, ¡vaya comida!, ¡qué música!, ¡vaya vientos del Atlántico!
       Si mal no recuerdo fue en Puerto Carneiro, algo así es el nombre, desde donde traigo a la memoria a esos felices niños lanzándose en las frías aguas del abra, el bello atardecer jugando con las luces del barrio lugareño frente al mar, las barcazas detenidas inventando postales frente al muelle, la suave brisa nocturna haciendo danzar cada poro de mi piel; lo cierto es que ahí se cruzó en mi camino, entre las calles estrechas y empedradas, una hermosa mujer que pudo cambiar el rumbo de mi vida, pero no le consentí conquistar a este africano, bastante tuvimos con los alemanes ¡ja, ja, ja! Trataré de dormir, al menos tres horas antes de escuchar el repicar del teléfono.
            ¡Riiin, riiiin!, ¡riiin, riiin!, justo a la hora; ya hasta me he cepillado los dientes y he dispuesto las cosas para marcharme. Tomo el aparato y hablo: “¡Aló!”; del otro lado suena una voz muy segura y firme, como si su residencia la contuviese una bóveda blindada; en cambio, hoy la mía es de cristal con la sensación angustiosa de volverse añicos. Tengo miedo y no es la común cobardía la que me escolta, presiento sea el último cartucho del temor en estos genes gastados. Me dice la otra persona: “En cinco minutos pasará un taxi buscándote para transportarte al aeropuerto. No hables con nadie y tampoco llames a nadie”.
            Asomado a la ventana, estrujo fuertemente entre mis largas extremidades la nostalgia de lo querido para compensar su ausencia. Cuántas ganas tengo de correr y abrazarte, Víctor Fanuel, heredero, ¿heredero de qué?; heredero de su futuro. ¡Qué planeta Dios!, ¡qué planeta! Ahora recuerdo querer afeitar la barba, creo que lo haré cuando regrese. De pronto suena detrás de la puerta la bocina del auto que viene por mí; antes de abandonar estas cuatro paredes, me arrodillo y beso el sagrado suelo pisado por mi madre, apago la luz y parto a la buena de Dios.
            Ya en la penumbra de la calle, melancólico, observo el raspar con mis dientes el gastado asfalto para encontrar debajo la tierra saltarina que me acogía por las tardes después de regresar del colegio; ella me aguardaba todos los días al salir de clases para reunirme junto a mis amigos de la cuadra y llevar a cabo la misión del formidable partido de fútbol. Una vez en el taxi, noto a la distancia que alguien ha encendido la luz de la sala de mi casa pues, a través de la puerta, se escapa la fosforescencia y supongo que debe ser mi vieja madre despidiéndome con sus lágrimas en la nostálgica soledad. Al rodar unas cuantas cuadras, el conductor, que permanece muy adusto, me entrega un sobre que contiene una serie de papeles y principio a revisarlos: pasaporte, visa, dinero en dólares, pasaje aéreo, un mapa sin lógica y un papel con un mensaje:
          “París-Madrid. En Perú te darán la receta completa, llamar al 4264620.   El Doctor”.             
            El chofer me deja en la terminal, sin despedirse, ¡por supuesto! Muevo los pies y observo a la multitud circulando a las entradas de Windhoek, aeropuerto que lleva el mismo nombre de nuestra hermosa capital. Continúo caminando y miro a las personas, le echo un ojo a mi gente y articulo en voz alta: “¡Coño, qué bonitos son los negros, raza fuerte, raza africana!”.
            Ya dentro de las instalaciones, me siento en una silla a aguardar el llamado para abordar. En la dulce expectativa, paso un pañuelo por mis facciones para secar el sudor producido por esta angustiada tierra, así llevaré conmigo el aroma a donde vaya. Pienso en la chica de Oporto, en su piel parecida a la nieve y detallo la mía tarareando con los ojos. Tonto... era una buena melodía pero, a veces, los complejos mentales son más fuertes que los continentales y esos no te abandonan, te persiguen igual a un fantasma, no importa adónde vayas. Ya no encuentro posición para acomodar las nalgas y al fin distingo en la pantalla mi llamado. Perú me espera, Sudamérica me invoca y digo: “Moses Embashu Fanuel, ¡presente!”.
           En mi asiento, y en pleno vuelo, contemplo cómo me alejo de Namibia, Nigeria, África, mi continente tan vasto, semejante a un poderoso elefante negro. En una época, este trabajo fue muy divertido: mujeres, dinero, alcohol, aventuras... tantos vicios que hasta el tiempo huía del cansancio. Necesito vivir, requiero conocer otra forma de andar, sé que puedo encontrarla y convertirla en mi aliada. Mezclo los pensamientos con Víctor, mi madre, mi hermano, mi gente, mi nación y prefiero no lamer esas heridas silenciosas fabricadas a través del tiempo. Siempre rodeado de mil llamados amigos, las palmadas, los besos, las drogas, el sexo, las palabras halagadoras… y un tonto: ¡yo! ¿Cómo un hombre con tantas personas a su alrededor, puede llegar a sentirse íngrimo, lo máximo de la soledad?… dejo de exprimir la jugosa imaginación para darle paso al sueño.
            Me despierto al escuchar el aviso de la azafata que indica la llegada; como siempre, no pierdo la costumbre de dormir en un viaje. Escucho las repetidas indicaciones para el aterrizaje y proyecto la vista a través del cristal de la ventanilla, con la intención de sentir las palmas de las manos deslizándose en medio de la pista, comparable a un tren de aterrizaje; tal vez…, por esa razón, mis gastadas palmas son blancas ¡qué tonterías digo!, siempre seré orgullosamente un africano, un negro, un hombre.
            ¡Cuántos individuos!, Es sorprendente la diversidad y todos andan como si fuese el último día de sus vidas. Camino hasta la cabina de teléfono y llamo al descifrado número que me proporcionaron. Después de un breve repicar, una voz grave atiende: “¡Espere exactamente allí!, alguien irá en unos minutos”. El otro cuelga el auricular y no me da tiempo para explicar que estoy agotado del viaje, que con un chasquido de dedos atravesé París, Madrid y ahora estoy aquí, en Lima... ¡Soy un mago, no una mula!... en realidad, no les importa. He viajado más de veinte horas y la comodidad de los aviones me parece ¡terrible!, la comida horrible y tengo un apetito espantoso.
            Se me acerca un hombre con traje y lentes oscuros, e imagino que debe ser del personal de seguridad; no sé por qué diablos tiemblo si no llevo nada comprometedor, apenas cargo el bolso de mano con cuatro tonterías. Parezco un principiante, ésta no es la primera vez que confecciono la situación. El individuo se posa frente a mí para entregarme un sobre y una bolsa sellada. La intención inmediata es revisar el contenido y el señor me indica: “¡No lo revise en este lugar!, diríjase inmediatamente a la dirección escrita en la portada del sobre”. Él agarra su rumbo y se aleja.
            Ya me encuentro en la habitación del hotel, un sitio por debajo de lo módico ¿Por qué me asombro?, ¡siempre es así!, el secreto converge en este trabajo. Me preparo un trago de alcohol para buscar el relax y me dedico, con curiosidad guardada, a abrir el paquetito. Encierra en su interior lo mismo que el primero; dólares, ya que todo el mundo los acepta y es moneda oficial del negocio, ja, ja, ja… otra visa, fotografías, una calle, una casa y dos caras. A veces envían cosas que pienso son para despistar... eso creo. También hay una nota:
            “Puedes comer algo ligero temprano en la noche; para mañana debes estar en ayunas. No alcohol, no café, algo ligero, ‘no la pongas’. Espera la llamada.  El Doctor”.
            ¡Qué increíble!, tantos trabajos de transporte y nunca tan exigente. Agarré el trago que había preparado, y para evitar la tentación, lo eché en el excusado. Rompí la bolsa entregada por el mensajero. ¡Sorpresa!, es un minúsculo sándwich de jamón y queso, y un envase con agua mineral... el “Doctor” es preciso. Esta noche será larga, ya que mañana habrá sobresaltos, ¡seguro!, nunca me falla el presentimiento… o ¿será la taquicardia del retiro? Enciendo la televisión y lo primero que aparece ante mis ojos es la explosión de una granada, vísceras volando, sangre manchando la pantalla por todos lados y un héroe anunciando que acabó con los chicos malos.
            Después de comer me recuesto en la cama y me invaden los pensamientos... ¿qué harás a esta hora, Víctor?; piensa en mí y déjame saltar la verja de tus sueños para recorrer juntos esas historias interrumpidas, esas fantasías del hijo de la República de Namibia. Un día crecerás y abonarás la tierra, no con desnudas esperanzas sino con titánicas realidades y la familia gritará hinchada: “Éste es un hombre de África. ¡Un gran hombre africano!”... Pierdo el canto, se escapa el canto...
            El sol choca en mi cara, un nuevo día amanece para despertarme; es hora de ir al cuarto de baño, antes de escuchar el angustioso llamado. ¡Pujo!, ¡pujo!, pujo tan fuerte que las lágrimas se me van a salir de las cuencas y, luego de un rato de esfuerzo, me levanto del excusado dándome por vencido; estoy empapado de sudor y consciente de la misión fallida. Con ganas de vomitar y casi perdiendo el equilibrio, camino arrastrando los pies hacia la ventana para aflojar ligeramente el cuerpo. Desde allí espío a las personas moviéndose de un lado a otro, cual hormigas trabajadoras, hormigas de mil colores.
            Tengo hambre, luego que pase todo esto me comeré el mundo, conquistaré el mundo, asaltaré la riqueza honrada... seré libre y podré construir tantas cosas que ni una naja podrá contra mí... Empezaré... ¡Ay, ay, ayayay, ayayay...!, ahora sí, corro hacia el cuarto de baño y me siento en el retrete, ¡aquí viene, aquí viene!; en tanto sucede lo inevitable, me abrazo a mí mismo y me toco los brazos, y descubro a la altura de los bíceps un tatuaje elaborado hace unos diez años; y cuando iba a reírme por llamarlo tontería, me abstuve para apreciar mejor la marca del dragón, ya que mis amigos manifestaban que había perdido el dinero en algo que no se apreciaba sobre mi piel...; reflexionando, ahora eso no importa, ¡la marca del dragón!, en vez de grabarme a mi madre, a mi hijo, a un león, a Dios..., me hice un animal fabuloso. ¡Qué pendejo!, cómo duele esa vaina.
            Terminada la misión en el excusado, estoy en el sitio preferido de estos días... la cama y continúo en a dulce espera. Repica el teléfono e inmediatamente lo tomo: la voz secreta me indica aguardar a dos hombres que irán en un instante al cuarto del hotel. No han transcurrido ni quince minutos cuando el “toc toc” de la madera hace su llamado. Atiendo y frente a mí: dos señores con lentes oscuros, muy formales, trajeados como los sepultureros. Les invito para que tomen asiento, atraviesan el umbral y se quedan de pie. Me entregan un sobre, como siempre, lo reviso y busco de inmediato la nota:
            “Aquí tienes la medicina, tómala toda. Es pura medicina natural, sin preguntas. El Doctor”.
            ¡Los señores!, extrañaba que aún estuviesen ante mí, pues siempre desaparecen tipo fantasma. Veo un maletín ejecutivo de color negro que habían colocado sobre la cama, lo abren y... distingo en su interior unos dediles; apuesto a que deben estar rellenos de flores blanquecinas, forrados cada uno con cinta adhesiva verde de electricista por lo que semejaban unos fríjoles gigantes. Uno de los caballeros ejecuta señas con la mano, que indican que me los trague. Preocupado, arrugo las cejas y expreso: “¡guao!” esto no estaba en los planes, ya que es mi retiro y supuestamente era algo sencillo; los cuento uno a uno y exclamo: “¡Setenta y Nueve!... setenta y nueve dediles”. Le repito una y otra vez mientras me agarro la quijada, él pestañea haciéndome sentir lo poco que le importa mi opinión y, en un gesto de impaciencia, gruñe: “¿Y? ¿Crees que nosotros no sabemos contar?”.
            Próximo a una hora, solitario en ese cuarto y con el cuerpo repleto de exterminadores, inicio la preparación del viaje porque se hará largo e inmediato. Falta poco para que mis oídos escuchen ¡riiing, riiing!, del teléfono sonando. Estoy en Lima, Perú y no existo, no me ven ni yo los veo. Es una pérdida de tiempo haber dejado todo atrás por unos cuantos dólares. Tengo que ser positivo, todo va a salir bien, soy un profesional y debo cumplir con mi trabajo. De todos modos vagabundea una pregunta en mi interior: ¿Cuánto valen mis sueños?
Llega la fulana llamada y me baja a la realidad con una convocatoria que señala que hay un taxi esperándome afuera. Como es la costumbre, el conductor ni habla y me deja en el aeropuerto J. Chávez de Lima, ahora rumbo a la entrega: Venezuela. Ya abordo en el avión, advierto más cercano cada segundo para el final de esta misión. En cuatro horas de vuelo, aproximadamente, estaré en el punto final; lo que tengo es un hambre bárbara y no puedo comer nada... mejor dicho, no debo. Me siento un poquito mareado y cruzo los brazos imaginando envolver a mi pequeño Víctor, le traigo conmigo y ahuyenta los malos pensamientos. La aeromoza se acerca y pregunta si me siento bien. Le contesto molesto por haberme despertado de ese íntimo y afectuoso sueño:
— ¡Sí! —ella acota:
— Traeré un vaso de agua—. Sonrío para no buscar el remedio.
            ¿Será que soy tan nacionalista y no me había percatado?, He viajado cantidades de veces y siempre he pensado en mi terruño Namibia, pero en estas horas la he pensado en demasía y es preocupante. Me inquieta que he dejado esa parcela tan lejos..., bueno... bueno, pero mi corazón es de tierra. Me toco el pecho para darme cuenta que aún conservo el pañuelo de partida, lo saco para olerlo y embriagarme con el sudor del recuerdo. Hablo con expresión segura: “¡Soy un caimán de noventa años, fuerte y duradero en el tiempo!”. Luego de varias horas en el aire, puedo apreciar desde lo alto el azul del mar Caribe y a los pocos minutos de extasiarme en esas aguas, el capitán indica que estamos en territorio venezolano, específicamente nos recuerda que aterrizaremos en el aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar. No sé por qué razón, en la zona de desembarque, olvidé por un instante lo del “cargamento”. 
Una vez fuera de la aeronave, en la sala de recibimiento de pasajeros de la terminal, percibo a todos los viajeros aglomerados en busca de sus maletas ¡¿y yo?!, ya me tragué las mías. Distingo hacia lo más alto del techo, en una pantalla electrónica escrita la data del día: 9 de febrero... me percato que es viernes, hoy en Vargas, Venezuela, estoy cumpliendo años. Experimento una extraña sensación muy cerca de la playa, y elaboro una torta tropical de arena, sal y mar.
            Ya estoy cerca de la puerta de salida de la terminal, dispuesto a expulsar el deficiente aire de los pulmones y celebrar, a lo grande, mi cumpleaños y mi ansiado retiro, todo junto… ¡Oh, oh!... cuando siento una enorme mano sobre el hombro y volteo muy calmoso. Es el robusto personal de seguridad, junto con dos policías que son casi arrastrados por un par de perros. Los canes me olfatean tal si les fuese familiar; los caballeros se identifican como Comisión Antidrogas, C.I.C.P.C. (Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas); de manera educada, me piden seguirlos a sus oficinas y, de ese trayecto, sólo recuerdo el piso del aeropuerto moviéndose a cada paso que daba convirtiéndose en una paleta bañada de múltiples colores a la medida de un genio… supongo. 
            He sido arrestado, he sido fichado. Sentado en una silla poco cómoda, me interrogan en un salón pintado de rojo. Me pronuncian cosas inescrutables, pero sé que no son buenas igual que mi español. Uno de ellos articula que no son tontos, siempre alguien suelta la lengua y se convierte en un perico, se pasa la mano sobre la barriga y continúa diciendo que un detalle es la diferencia entre ser capturado y escapar, y si escapa un día es capturado.
            Me pregunto: ¿cómo lo sabían?, ¿cómo lo supieron? ¿Quién me entregó? No tengo miedo y siempre especulé: el día que fuese arrestado, cada centímetro de mí temblaría de terror. Prosigue el interrogatorio con sus momentos de espera, mientras voy al sanitario. Prolongan las preguntas; no quiero regresar al sanitario pero me obligan. Hago todo lo posible para expulsar los dediles, pero esos rebeldes no salen cuando quiero.
            En mi pequeño mundo del idioma español, continúan escribiendo cosas feas, trato de no escucharlos pero es imposible, están sobre mi oreja, caracol, pabellón, zumbando alrededor como moscas. Lamento entender en tan alto grado el castellano que emplea la ley y el orden, pues es el mismo lenguaje utilizado en los bajos fondos. Sigo yendo al cuarto de baño y algunos frijoles se resisten a salir. Sentado en ese trono de excrementos me siento un poco mal, el tiempo se extravió, registro un poco de mareo, pero el inquisidor ordena: “¡No seas llorón!, si fuiste arrecho para tragarte esa droga, ¡entonces, aguántate ese culo!”.
            Interrogatorio intenso, tiempo pasando, evacuatorio sustancia, interrogatorio, tiempo, evacuatorio, interrogatorio, tiempo…vuelvo al retrete y sigo la cuenta, me salen dos más pero ya no aguanto, me siento débil, ido, fatigado. Han estado comentando que me moverán a otro lugar; esperan los medios; llamada desde Caracas... el jefe superior…, vaya alguien a saber. Salgo del cuarto de baño, y el guardián llama a sus compañeros y uno de ellos, apresurado, expresa que irá por un médico, salen todos de la habitación. Al quedar solo, me lanzo sobre la camita que hay entre esas cuatro paredes para continuar combatiendo la agudeza de este insoportable dolor.
            Siento el transcurrir de las horas y al fin entra alguien: es una enfermera que me pone un paño caliente en la frente como si esta hiperpigmentación no conociera el calor. Le solicito, por favor, que consiga lápiz y papel para escribirle una carta a mi madre. Advierto a uno de los policías asomarse por el cristal de la ventanilla que está sobre la puerta de la salita. Le pido ayuda a la funcionaria de salud para ir al reservado. Me siento en la taza y no ocurre nada, uno que otro manchón de sangre evacuo. Me toco el mentón y percato el raspar de una lija sobre la palma de la mano, no me alcanzó el tiempo para rasurarme pues todo sucedió muy rápido. Tomo una página del periódico típico de estos cuartos, leo la noticia de ayer: “Grupos armados asesinan campesinos”. “Venezuela y Colombia forcejean en la cuerda floja”. “Guardia Nacional rescató velero valorado en 90 millones”. Volteo la hoja y a la vez descanso sentado, la enfermera toca la puerta y le grito que ya voy.
            “El narco escapa...”, es el titular; Slerk Hendrikus, el cura holandés que fue capturado con cuatro kilos de cocaína en el aeropuerto, aparentemente era un sacerdote con mala conducta y estaba fugado desde hace cuatro años; cuando lo arrestaron, poseía una falsa licencia de médico...; la funcionaria vuelve a llamar, y le ruego que entre y me ayude. Al rato de estar reposando sobre la cama, entra y me entrega un bloc y un lápiz, me incorporo con su colaboración, tomé los útiles y comencé a escribir de atrás hacia adelante sin darme cuenta, tal vez era el deseo involuntario de recoger el tiempo...
            Madre, querida madre, ten fuerzas, me he suicidado lentamente por el dinero de la gente de Caracas. Yo soy de Namibia, soy de Nigeria, del sur de África. Madre, ten cuidado, del cuerpo, de las manos del blanco. Llegaba desde Perú a un país llamado Venezuela cuando fui arrestado por la policía, transportando droga dentro de mi cuerpo; no quiero que lleven mi cuerpo a Namibia, a Nigeria, a África, déjenme aquí en el sur de América porque me estoy matando yo mismo por el dinero. Te estoy garabateando esta carta con la cocaína corriendo por todas las autopistas de mi cuerpo. Diles a mi hijo Víctor y a mi esposa que sean fuertes, creo que mi escritura no es la mejor, pero entenderás por qué. Despídeme de cada uno de la familia, tomen fuerzas porque me estoy muriendo. Algo está viniendo hacia mí, atrapa mis manos, madre… adiós. Protege a Víctor, tal vez Dios se apiade de mi alma y ésta descanse en paz. La incoherencia me acompaña para llevarme al final del túnel. Estas son mis últimas letras para el sur de África, no quiero tener ayuda para matarme yo mismo. Mi mano se desplaza al compás del tóxico en mi torrente; es un baile entre la vida y la muerte, entre la lluvia y la sequía, entre la luna y el sol. Te doy el número 962.43.03, que es el número de Enekas, adiós. Tú eres testigo, América, de la manera como rasgueé esta carta.
            Han entrado dos hombres que me transportarán a una ambulancia y luego al hospital. Sabía que el doctor no vendría, como ellos dijeron. Me han permitido continuar escribiendo esta carta, a modo de la última bendición del reo. No vino nadie a conocerme, o fue todo tan lento o fue todo tan rápido. Cuando la droga fue hallada en mi cuerpo, ellos fueron por un doctor pero no se presentó ninguno. La enfermera aún se apiada de mí con su compañía, me explica que vamos al hospital de Pariata…
Te enviarán la verdad en una esquela, madre, y mi alma comprimida en ella. El africano Moses Embashu Fanuel; provocó en su cuerpo una sobredosis letal, murió con un dedil de cocaína reventado en su intestino, o a consecuencia de un infarto o una hemorragia pulmonar, sólo le faltaba expulsar cuatro envoltorios. ¡Qué mala suerte, mamá!, ¡qué mala suerte!, sólo me faltaban cuatro frijoles o ¿es que éste era el juego del destino? Lo cierto es que la agonía se me ha plantado semejante a una nube. Yo no amo el dinero; estoy muriendo en Venezuela, tienes que tener valor, no regresaré al desierto jamás, mi condena está escrita. Voy para el lugar de mi hermano en Madisson sala 809. Cuida de mis propiedades, deja que entre él a la casa con mi llave y recorra los jardines donde el olor profundo de los azahares son reyes. Dales todo mi amor, a mi alejada esposa y a mi pequeño hijo...

Selección de Cuentos: "Obituarios de ciudad".

Sinopsis Literaria por Lic. Rayza González
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